—En guardia—exclamó él con frenesí—. Me despido de Cádiz matando a un amigo.
—En guardia—exclamé yo sacando la espada.
Los preliminares duraron poco y los dos aceros culebrearon con luz de plata en la oscuridad de la noche.
De pronto uno de los padrinos dijo:
—Alto, alguien nos ve... Por allí avanza una persona.
—Un bulto negro... Maldito sea el curioso.
—Si será Villavicencio, que ha tenido noticia de la broma y creyendo venir a impedirla, sorprende las veras...
—Parece una mujer.
—Más bien parece un hombre. Se detiene allí... nos observa.
—Adelante—dijo lord Gray—. Que venga el mundo entero a observarnos.