Las hachas de viento se encendieron y comenzó una especie de escena infernal. Este le empujaba de un lado, aquel del otro, querían llevarle en vilo; pero fue preciso arrastrarle, y en tanto llovían los palos sobre el infeliz caballero y los dos o tres cruzados que salieron en su defensa.
—¡Viva el valiente, el invencible D. Pedro del Congosto, que ha matado a lord Gray!
—¡Atrás canalla!-gritaba defendiéndose el estafermo—. Si le maté a él, haré lo mismo con vosotros, gentuza vengativa y desvergonzada.
Y apaleado, pinchado, empujado, arrastrado, fue conducido hacia la puerta como en grotesco triunfo, hasta que condolidos de tanta crueldad, le cargaron a cuestas, llevándole procesionalmente a la ciudad. Unos tocaban cuernos, otros golpeaban sartenes y cacharros, otros sonaban cencerros y esquilas, y con el ruido de tales instrumentos y el fulgor de las hachas, aquel cuadro parecía escena de brujas o fantástica asonada del tiempo en que había encantadores en el mundo. Ya en lo alto de la muralla, dejaron de mortificar al héroe, y llevado en hombros, su paseo por delante de las barracas fue un verdadero triunfo. La espada de D. Pedro quedó abandonada en el suelo. Era según antes he dicho, la espada de Francisco Pizarro. A tal estado habían venido a parar las grandezas heroicas de España.
Lord Gray y yo con otros dos, nos habíamos quedado en la playa.
—¿Una segunda broma?-preguntó Figueroa, que era uno de los padrinos, sobre el terreno nombrados.
—Acabemos de una vez—dijo lord Gray con impaciencia—. Tengo que arreglar mi viaje.
—Dense explicaciones—dijo el otro—y se evitará un lance desagradable.
—Araceli es quien tiene que darlas, no yo—afirmó el inglés.
—A lord Gray corresponde hablar, sincerándose de su vil conducta.