—Por mi parte, pronto estoy—dijo D. Pedro, viendo avanzar hacia el ruedo la espantable figura del caballero armado—. Me parece que tiembla usted, lord Gray.

Y en efecto, el supuesto lord temblaba.

—Dios venga en mi ayuda—exclamó huecamente Congosto—y que este brazo, pronto a defender la justicia y a vengar un vergonzoso ultraje, sea más fuerte que el del Cid... ¿Lord Gray, reconoce usted su error y se dispone a reparar la afrenta que ha causado?

El Sr. Poenco (pues no era otro) creyó prudente contestar en inglés de esta manera:

—Pliquis miquis... ¡ay!, ¡ooo!... Esperpentis Congosto... ¡Nooo!

—¡Pues sea!—dijo D Pedro sacando la espada—y a quien Dios se la dé...

Cruzáronse los terribles aceros; daba don Pedro unos mandobles que habrían hendido en dos mitades al Sr. Poenco, si este con prudencia suma no se retirara dando saltos hacia atrás. Los presentes aguantaban con gran trabajo la risa, porque el desafío era una especie de baile, en el cual veíase a don Pedro saltando de aquí para allí para atrapar bajo el filo de su espada al supuesto lord Gray. Por fin, después de repetidas vueltas y revueltas, este exhaló un rugido y cayó en tierra, diciendo:

—Muerto soy.

Al punto D. Pedro viose rodeado por un lado y otro. Multitud de vergajos cayeron sobre sus lomos, y con loco estrépito repetían los circunstantes:

—¡Viva el gran D. Pedro del Congosto, el más valiente caballero de España!