—Lástima que esto no pudiera hacerse en el escenario del teatro.
—Señores, se acerca la hora. ¿Baja usted... Araceli?
—Al instante voy.
Bajaron todos, y me detuve deseando aislarme por breve rato para recoger mi espíritu y dar alas a mi pensamiento. Habíame paseado un poco entre la puerta y la plataforma de Capuchinos, cuando vi en la muralla una persona, un bulto negro, cuya forma y figura no podía distinguirse bien, y que se volvía hacia la playa, siguiendo con la vista a los espectadores y héroes del burlesco desafío. Picábame la curiosidad por saber quién era; mas teniendo prisa, no me detuve y bajé al instante.
Dos grandes grupos se formaron en la playa, y los de uno y otro bando, excepto algunos bobalicones que vestían el traje de cruzados, estaban en el ajo. Entre los de lord Gray, vi un figurón armado de pies a cabeza, con peto y espaldar de latón, celada de encaje, rodela y con tantas plumas en la cabeza que más que guerrero parecía salvaje de América. Dábanle instrucciones los demás y él decía:
—Ya sé lo que tengo que hacer. Triste cosa es dejarse matar, manque sea de mentirijiyas... Yo le diré que me pongo en guardia, luego hablaré inglés así: «Pliquis miquis...», y después daré un berrido, cétera, cétera...
—Haz todo lo posible por imitar mis modales y mi voz—le dijo lord Gray.
—Descuide miloro.
Uno de los presentes acercose al otro grupo y dijo en voz alta:
—Su excelencia lord Gray, duque de Gray, está dispuesto. Vamos a partir el sol; pero como no hay sol, se partirán las estrellas... Hagamos una raya en la arena.