La noche era oscura y serena. Al acercarnos a la puerta de la Caleta vimos de lejos la iluminación que había en la plazuela de las Barquillas, junto al teatro y en las barracas. Inmensa multitud se apiñaba en aquellos improvisados sitios de recreo, y oíanse los gritos y vivas con que se celebraba el gran suceso de la Albuera.

Aguardamos largo rato. Los amigos de lord Gray y D. Pedro esperaban en la muralla en dos grupos distintos.

—¿Se han traído los garrotes?-preguntó sigilosamente uno de los de lord Gray.

—Sí... son vergajos de cuero para que pueda ser vapuleado sin recibir golpes mortales...

—¿Y las hachas de viento?

—¿Y los cohetes?

—Todo está—dijo uno sin poder disimular su gozo—. El figurón vestido de todas armas a la antigua que ha de presentarse en lugar de lord Gray aguarda en aquella casa. Mamarracho igual no le ha visto Cádiz.

—Pero D. Pedro no parece...

—Allá viene... sus amigos los cruzados le rodean.

—Todo ha de hacerse como lo he dispuesto yo...-indicó lord Gray—quiero despedirme de Cádiz con buen bromazo.