—Gracias, ya sé lo bastante.

—¡Pobre niño!... ¡Le mataré a usted!... Pero son las diez y media... mis amigos me esperan...

—A la Caleta.

—¿Nombramos padrinos?

—No nos faltarán amigos para elegir.

—Vamos pronto.

—Ahora mismo.

—Creí—dijo con espontánea fruición—, que no había en Cádiz más Quijote que D. Pedro del Congosto... ¡Oh, España! ¡Delicioso país!


[XXXIV]