—Pero en último resultado—preguntó la condesa—¿hay Cortes o no?

—Sí, señora, las habrá.

—Los españoles no sirven para eso.

—Eso no lo hemos probado.

—¡Ay, qué ilusión tiene usted, Sr. D. Manuel! Verá usted qué escenas tan graciosas habrá en las sesiones... y digo graciosas por no decir terribles y escandalosas.

—El terror y el escándalo no nos son desconocidos, señora, ni los traerán por primera vez las Cortes a esta tierra de la paz y de la religiosidad. La conspiración del Escorial, los tumultos de Aranjuez, las vergonzosas escenas de Bayona, la abdicación de los reyes padres, las torpezas de Godoy, las repugnantes inmoralidades de la última Corte, los tratados con Bonaparte, los convenios indignos que han permitido la invasión, todo esto, señora amiga mía, que es el colmo del horror y del escándalo, ¿lo han traído por ventura las Cortes?

—Pero el rey gobierna, y las Cortes, según el uso antiguo, votan y callan.

—Nosotros hemos caído en la cuenta de que el rey existe para la nación y no la nación para el rey.

—Eso es—dijo D. Pedro—el rey para la nación, y la nación para los filósofos.

—Si las Cortes no salen adelante—añadió Quintana—lo deberán a la perfidia y mala fe de sus enemigos; pues estas majaderías de vestir a la antigua y convertir en sainete las más respetables cosas, es vicio muy común en los españoles de uno y otro partido. Ya hay quien dice que los diputados deben vestirse como los alguaciles en día de pregón de Bula, y no falta quien sostiene que todo cuanto se hable, proponga y discuta en la Asamblea, debe decirse en verso.