—Pues de ese modo sería precioso—afirmó doña Flora.

—En efecto—dijo Amaranta—y como se reúnen en un teatro la ilusión sería perfecta. Prometo asistir a la inauguración.

—Yo no faltaré. Sr. de Quintana, usted me proporcionará un palco o un par de lunetas. ¿Y se paga, se paga?

—No, amiga mía—dijo Amaranta burlándose—. La nación enseña y pone al público gratis sus locuras.

—Usted—le dijo Quintana sonriendo—será de nuestro partido.

—¡Ay, no, amigo mío!-repuso la dama—. Prefiero afiliarme a la Cruzada del obispado. Me espantan los revolucionarios, desde que he leído lo que pasó en Francia. ¡Ay, Sr. Quintana! ¡Qué lástima que usted se haya hecho estadista y político! ¿Por qué no hace usted versos?

—No están los tiempos para versos. Sin embargo, ya usted ve cómo los hacen mis amigos; Arriaza, Beña, Xérica, Sánchez Barbero no dejan descansar a las prensas de Cádiz.

Beña y Xérica se habían apartado del grupo.

—¡Ay, amigo mío!, que no oiga yo aquello de

¡Oh! Velintón, nombre amable
grande alumno del dios Marte.