—Es horrible la poesía de estos tiempos, porque los cisnes callan, entristecidos por el luto de la patria, y de su silencio se aprovechan los grajos para chillar. ¿Y dónde me deja usted aquello de
Resuene el tambor;
veloces marchemos...?
—Arriaza—indicó Quintana—ha hecho últimamente una sátira preciosa. Esta noche la leerá aquí.
—Nombren al ruin...—dijo Amaranta, viendo aparecer en el salón al poeta de los chistes.
—Arriaza, Arriaza—exclamaron diferentes voces salidas de distintos lados de la estancia—. A ver, léanos usted la oda A Pepillo.
—Atención, señores.
—Es de lo más gracioso que se ha escrito en lengua castellana.
—Si el gran Botella la leyera, de puro avergonzado se volvería a Francia.
Arriaza, hombre de cierta fatuidad, se gallardeaba con la ovación hecha a los productos de su numen. Como su fuerte eran los versos de circunstancias y su popularidad por esta clase de trabajos extraordinaria, no se hizo de rogar, y sacando un largo papel, y poniéndose en medio de la sala, leyó con muchísima gracia aquellos versos célebres que ustedes conocerán y cuyo principio es de este modo:
«Al ínclito Sr. Pepe, Rey (en deseo) de las Españas y (en visión) de sus Indias.