—Ni yo. Oigamos qué dice.
—Dice que sería prudente adoptar una serie de proposiciones que tiene escritas en un papelito.
—Bueno: léanos usted ese papelito, señor cura.
—Parece que hablará primero.
—¿Pero quién es?
—Parece un santo varón.
En los palcos inmediatos corría de boca en boca un nombre que llegó hasta el nuestro. El orador era D. Diego Muñoz Torrero.
Señores oyentes o lectores, estas orejas mías oyeron el primer discurso que se pronunció en asambleas españolas en el siglo XIX. Aún retumba en mi entendimiento aquel preludio, aquella voz inicial de nuestras glorias parlamentarias, emitida por un clérigo sencillo y apacible, de ánimo sereno, talento claro, continente humilde y simpático. Si al principio los murmullos de arriba y abajo no permitían oír claramente su voz, poco a poco fueron acallándose los ruidos y siguió claro y solemne el discurso. Las palabras se destacaban sobre un silencio religioso, fijándose de tal modo en la mente que parecían esculpirse. La atención era profunda, y jamás voz alguna fue oída con más respeto.
—¿Sabe usted, amiga mía—dijo en un momento de descanso doña Flora—que este cleriguito no lo hace mal?
—Muy bien. Si todos hablaran así, esto no sería malo. Aún no me he enterado bien de lo que propone.