—Y ha hecho perfectamente. En verdad no se concibe que haya gente tan loca... Antes del rosario nos explicaba el Sr. Ostolaza lo que entienden ellos por la soberanía de la nación, y nos hemos horripilado. ¿Verdad, niñas?
—¡Dios nos tenga en su mano!—exclamé yo—. Y ahora se susurra que nos van a dar lo que llaman libertad de la imprenta, que consiste en permitir a cada uno escribir todas las maldades que quiera.
—Y luego hablan de vencer al francés.
—Los excesos de nuestros políticos—dijo Ostolaza—excederán con mucho a los de la revolución francesa. Acuérdese usted de lo que le digo.
Observé entonces a aquel hombre, el mismo que tanto figuró después en la camarilla del rey, durante la segunda época constitucional, y puedo decir que era grueso, de cara redonda, coloradota y reluciente, mirar provocativo, hablar chillón y ademanes desembarazados y casi siempre descompuestos. Junto a él estaba el llamado Teneyro, diputado también, cura de Algeciras, hombre con pretensiones y fama de gracioso, aunque más que a la agudeza de los conceptos, debía esta al ceceo con que hablaba; de cuerpo mezquino, de ideas estrafalarias, tan pronto demagogo furibundo, como absolutista rabioso; sin instrucción, sin principios ni más conocimientos que los del toque del órgano, cuyo arte medianamente poseía. El tercero, D. Pablo Valiente, no era ridículo, ni en el trato ordinario se distinguía por cosa alguna chocante, en maneras o en lenguaje.
Contestando a Ostolaza, dije yo con el acento más grave que me era posible:
—¡El cielo se apiade de nuestra infortunada nación, y nos traiga pronto a nuestro amado monarca D. Fernando el VII!
El nombre del soberano lo acompañé de una reverencia tan exagerada que casi hube de besarme las rodillas.
—Pues se dice por ahí—indicó Teneyro—que van a procesar al obispo de Orense.
—No se atreverán a ello—repuso Valiente, sacando su caja de tabaco y ofreciendo del oloroso polvo a los circunstantes.