—¿A qué no se atreverá, señores... señores, a qué no se atreverá esta desalmada grey de filósofos y ateístas?—exclamé yo mirando al techo.

—Señor oficial—me dijo doña María—, es indudable que ustedes los militares tienen la culpa de que los cortesanos... así los llamo yo... estén tan ensoberbecidos. Dicen que la Regencia tanteó a la tropa para dar un golpe, pero la tropa no quiso ponerse de su parte.

—La tropa—dijo Ostolaza—ha cometido la falta de inclinarse al populacho.

—Lo que no se ha hecho, señores—dije yo con profético tono—se hará.

Y repetí varias veces, mirando a todos lados, el enérgico «se hará».

—Si todos fueran como tú, Gabriel—me dijo don Diego—pronto acabarían las picardías que estamos viendo.

—¿Durarán las Cortes hasta el mes que viene, señor de Valiente?—preguntó la de Rumblar.

—Durarán algo más, señora. A no ser que los franceses envalentonados con nuestras discordias, entren en Cádiz, y hagan con todos los que aquí estamos un picadillo. Yo he dicho que la soberanía de la nación por un lado y la libertad de la imprenta por otro, son dos obuses cargados de horrorosos proyectiles que nos harán más daño que los que ha inventado Villantroys.

—Caballero—dije yo afeminadamente—, esa comparacioncita es exacta y procuraré retenerla en la memoria.

—Deploro tantos errores—dijo la dueña de la casa—. Pero aquí, Sr. D. Gabriel, no tomamos a pecho la política, y los que en casa se reúnen no hacen más que departir discretamente sobre el mal gobierno y los filosofastros. Yo no me ocupo más que del matrimonio de mi querido hijo, que se efectuará en breve, y de completar la educación religiosa de mi hija—señaló a Asunción—que debe entrar muy pronto en un convento de Recoletas, siguiendo su decidida e inquebrantable inclinación. Ocupaciones son estas que llenan alegremente mi cansada vida, y a las que me consagro con el mayor celo.