—Pero, Sr. D. Gabriel, que oigamos todos esas maravillas que está usted contando con tanta vehemencia, con tanto ardor.

—Me contaba—dijo Inés con una naturalidad que me asombró-que en cierta ocasión, estando él en una casa del arrabal de Zaragoza, los franceses abrieron una mina, pusieron no sé cuántos barriles de pólvora, ¿no fue así?, y luego pegaron fuego.

—¿Y luego, Sr. D. Gabriel?

—Y luego volamos todos hasta el quinto cielo—repuse—. Siento que usted no hubiera estado allí... pues... para que lo hubiera visto.

—Gracias.

Los vencejos me tomaron por su cuenta para que les explicase cómo fue aquello de mis vuelos y cabriolas por el aire, y en tanto llegose Inés junto al sillón de doña María, llamado por esta; y yo con disimulo (también aprendía) presté atención a lo que dijeron.

—Ha sido demasiado larga tu conversación con el militarcito—le dijo con desabrimiento la señora—. ¡Veinte minutos! ¡Has estado en coloquio con él veinte minutos!

—Señora madre—repuso Inés—si se empeñó en contarme sus hazañas... Yo buscaba ocasión de poner punto; pero él, dale que dale. Me refirió siete sitios, cinco batallas y no sé cuántas escaramuzas.

—¡Cómo finge, cómo miente, cómo engaña!—exclamé para mí ciego de rabia—. ¡La ahogaría!

Lord Gray se juntó después con Inés y hablaron largamente. Mi rabia, motivada por una duda cruel, era tanta, que apenas podía disimularla, hablando pestes de las Cortes ante doña María, Ostolaza y Valiente.