Avanzaba la hora y doña María indicó con majestuosa gravedad el fin de la tertulia. Despedime de Inés, que a hurtadillas me dijo:
—Cuidado con lo que te he encargado.
Y luego tardó en despedirse de lord Gray más de diez minutos. Por mi parte anhelaba salir para no volver más a aquella casa, y saludando a la condesa, echeme fuera, juntándose conmigo en la escalera lord Gray, que salió un poco después.
—Amigo—le dije cuando estábamos en la calle—en todas partes es usted el favorecido de las damas.
No se dignó contestarme. Iba con la cabeza inclinada, fruncido el ceño y mudo como una estatua. Repetidas veces me esforcé por hacerle hablar; pero sus labios no articularon una sílaba, y sólo en la calle Ancha, al despedirse de mí, me dijo sombríamente:
—El amigo que sorprende un secreto mío y usa de él sin mi licencia, no es mi amigo. ¿Usted me conoce?
—Un poco.
—Pues suelo reñir con los amigos.
—Antes de reñir nosotros, ¿quiere usted acabar de perfeccionarme en la esgrima?
—Con mucho gusto. Adiós.