Viendo tal profanación, escándalo y desacato, penetró el insigne D. Paco en la pieza, y exclamó:

—¿Qué alboroto es este? Asuncioncita, Presentacioncita, todo se lo contaré a mamá cuando venga, todo, todito.

Presentación cesó de cantar, y tomando al preceptor por un brazo, le dijo:

—Sr. D. Paquito mío, si no le dices nada a mamá, te doy un beso.

Y en el acto se lo dio en sus secas y arrugadas mejillas.

—A mí no se me seduce con besitos, niñas—repuso el viejo vacilando entre el rigor y la tolerancia—. Cada una a su puesto, a leer, a coser. Asuncioncita de todos los demonios, ¿qué descaro es ese?

—Calle usted, so bruto—dijo Asunción con muchísima sal.

—Si es un animal—añadió Presentación dándole un sopapo con su suave manecita.

—Más respeto a mis canas, niñas—exclamó afligido el anciano—. Si no fuera porque las he visto nacer, porque las he criado a mis pechos, porque las he cantado el ro-ro...

Presentación haciendo gestos de delicada urbanidad, remedando a una persona que durante el paseo encuentra en la calle a un conocido, parose ante D. Paco, hizo una graciosa reverencia y le dijo: