—¡Oh! Sr. D. Protocolo, ¿usted por aquí? ¿Cómo está la señora doña Circunspecta? ¿Va usted al baile del barón de Simiringande? ¿Qué dice hoy la Gaceta de Pliquisburgo?...
—Eh... eh...-exclamó D. Paco, queriendo contener la risa que le embobaba—. Miren la mocosa cómo habla, haciéndose la señora mayor. Buena pieza tenemos en casa. ¡Qué escándalo, qué profanidad! ¿De dónde habrá sacado esta niña tales picardías?
Y luego insistiendo ella en llevar adelante el chistoso papel que estaba desempeñando, llegose a Inés, que también se moría de risa, y le dijo:
—¡Ola, madama! ¿Cómo la porta bu...? ¿Ha visto bu a la condesa? ¡Qué magnífico ha estado el concierto y la ópera de Mitrídates! ¡Oh!, madama... andiamo a tocare il forte piano... Aquí viene il maestro siñor D. Paquitini... tan, taralá, tan tin, tan.
Y se puso a bailar un minueto.
—Vaya—exclamó D. Paco, echándosela de benévolo, pero afectando mucha seriedad—les perdono lo que ha pasado si se acaba este jaleo, y va cada una a su puesto. La señora viene.
Inés continuaba en la reja atisbando afuera, y también a ratos decía:
—¡Que va a llegar!
Presentación volvió a cantar, y luego dijo:
—Paquito de mi alma, si bailas conmigo te doy otro beso.