—Mataré a ese inglés, le mataré.
Al volver una esquina creí distinguirle y apresuré el paso. Sí, era él. Dios me lo ponía delante; le vi de espaldas y corrí; mas cuando estaba junto a él y antes que me viera, pensé que no era prudente precipitar un hecho que debía tener justificación completa. Procurando serenarme, dije para mí:
—Tengo la seguridad de sorprenderle dentro de la casa. Entretanto, esperemos.
Le toqué en el hombro, y él, al volverse, me miró impasible, sin mostrar ni alegría ni desagrado.
—Lord Gray—le dije—ha tiempo que estoy esperando la última lección de esgrima.
—Hoy no tengo humor para lecciones.
—La necesitaré pronto.
—¿Va usted a batirse? ¡Qué felicidad! ¡Hoy tengo yo un humor!... Deseo atravesar a cualquiera.
—Yo también, lord Gray.
—Amigo mío, proporcióneme usted un hombre con quien romperme el alma.