—¿Tiene usted spleen?
—Horroroso.
—Y yo. Los españoles también solemos padecer esa enfermedad.
—Es muy raro. En buena ocasión me ha salido usted hoy al encuentro.
—¿Por qué?
—Porque tenía una mala tentación. Estaba en lo más negro de la negrura del spleen, y pasó por mí la idea de pegarme un tiro o de arrojarme de cabeza al mar.
—Todo por un amor desgraciado. Cuénteme usted eso y le daré buenos consejos.
—No me hacen falta. Yo me entiendo solo.
—Yo conozco a la mujer que le trae a usted a tan lastimoso estado.
—Usted no conoce nada. Dejemos esa cuestión y no hablemos más de ella.