—¿No somos amigos?
—No: no somos ni podemos ser amigos—exclamé con la exaltación de la embriaguez—. ¡Lord Gray, le odio a usted!
—Otro traguito—dijo el inglés con socarronería—. Hoy está usted bravo. Antes de beber, habló de matar a un hombre.
—Sí, sí... Y ese hombre es usted.
—¿Por qué he de morir, amigo?
—Porque quiero, lord Gray; ahora mismo. Elija usted sitio y armas.
—¿Armas? Un vaso de Pero Jiménez.
Me levanté fuera de mí, y así una silla con resolución hostil; pero lord Gray permaneció tan impasible, tan indiferente a mi cólera, y al mismo tiempo tan sereno y risueño, que sentime sin bríos para descargarle el golpe.
—Despacio. Nos batiremos luego—dijo rompiendo a reír con expansiva jovialidad—. Ahora voy a declarar la causa de ese repentino enfado y anhelo de matarme. ¡Pobrecito de mí!
—¿Cuál es?