—Cuestión de faldas. Una supuesta rivalidad, Sr. D. Gabriel.
—Dígalo usted todo de una vez—exclamé sintiendo que se redoblaba mi coraje.
—Usted está celoso y ofendido, porque supone que le he quitado su dama.
No le contesté.
—Pues no hay nada de eso, amigo mío.-añadió—. Respire usted tranquilo las auras del amor. Me parece haberle oído decir a Poenco que usted anda a caza de esa Mariquilla, que no de las Nieves, sino de los Fuegos debería llamarse. A usted le han dicho que yo... pues, diré como Poenco... «cétera, cétera». Amigo mío, cierto es que me gustaba esa muchacha; pero basta que un camaraíya haya puesto los ojos en ella para que yo no intente seguir adelante. Esto se llama generosidad; no es el primer caso que se encuentra en mi vida. En celebración de paz, acabemos esta botella.
Al frenesí que antes había yo sentido sucedió un entorpecimiento y oscuridad tal de mis facultades intelectuales, que no supe qué responder a lord Gray, ni realmente le respondí nada.
—Pero, amigo mío—prosiguió él, menos afectado que yo por la bebida—hemos sabido que a Mariquilla de las Nieves la corteja... ¡cortejar!, hermosa palabra que no tiene igual en ningún idioma... pues decía que la corteja un guapo de Jerez que se me figura es más afortunado que nosotros. Sin duda a ese es a quien usted quiere matar.
—¡A ese, a ese!—dije sintiendo que se me despejaban un tanto los aposentos altos.
—Cuente usted conmigo. Currito Báez, que así se llama el jerezano, es un necio presumido y matasiete, que con todo el mundo arma camorra. Deseo tener cuestión con él. Le provocaremos.
—¡Le provocaremos, sí, señor; le provocaremos!