—¿Y tú qué piensas?
Algunos meses antes de aquel suceso, yo hubiera acogido las proposiciones de D. Mauro Requejo con el imprevisor optimismo, con el necio entusiasmo que afluían de mi alma juvenil ante los acontecimientos nuevos e inesperados; pero los contratiempos me habían dado alguna experiencia: conocía ya los rudimentos de la ciencia del corazón, y el mío principiaba a reunir ese tesoro de desconfianzas, merced a las cuales medimos los pasos peligrosos de la vida. Así es que respondí sencillamente:
—Puesto que ese tu reverendo tío era antes un bribón, no sé por qué hemos de creerle santo ahora.
—Tú eres un chicuelo sin experiencia —me dijo D. Celestino algo enojado—, y yo no debiera consultar esto contigo. ¡Si sabré yo distinguir lo verdadero de lo falso! Y sobre todo, Inés, si él quiere favorecerte, poniéndote en pie de gente grande; si él quiere gastarse sus ahorros con su querida sobrina, ¿por qué no lo has de aceptar? Mucho más podría decirte; pero él mismo en persona te explicará mejor el gran cariño que te tiene.
—¿Pues qué —preguntó Inés turbada—, vendrá a Aranjuez?
—Sí, chiquilla —repuso el clérigo—. Yo te reservaba esta noticia para lo último. El domingo próximo tendrás el gusto de ver aquí a tu amado tío y protector. ¡Ah, Inés! Mucho sentiré separarme de ti; pero servirame de consuelo la idea de que estás contenta, de que disfrutas mil comodidades que yo no te puedo dar. Y cuando este viejo incapaz eche un paseíto a Madrid para visitarte, espero que le recibirás con alegría y sin orgullo; espero que no te ofuscará la ruin vanidad al considerarte en posición superior a la mía, porque tío por tío, hermano soy de tu difunto padre, mientras que el otro...
D. Celestino estaba conmovido, y yo también, aunque por distinta causa.
—Sí —continuó el cura—. Dentro de ocho días tendremos aquí a ese eminente tendero de la calle de la Sal. Me dice que habiendo comprado unas tierras en Aranjuez, junto a la laguna de Ontígola, vendrá con el doble objeto de conocer su finca y de verte. Él espera que irás a Madrid en su compañía y en la de su hermana Doña Restituta, a quien también tendremos el gusto de ver en casa.
Después de oír esto, todos callamos. Revolviendo en mi cabeza extraños y no muy alegres pensamientos, dije a Inés:
—Pero ese hombre, ¿es casado?