Ella leyó en mi interior con su intuición incomparable, y me respondió con viveza:

—Es viudo.

Después volvimos a callar, y solo D. Celestino, tarareando una antífona, interrumpía nuestro grave silencio.

III

Tristísimo sobre toda ponderación me volví a Madrid, y pasé toda la semana meditabundo y como alelado, deseando y temiendo que el domingo siguiente llegase, porque de un lado la curiosidad y de otro el temor solicitaban mi espíritu. Tan grande era mi sobresalto en la noche del sábado, que no pegué los ojos, y de madrugada me fui al mesón de la calle de la Aduana a buscar un acomodo en cualquier galera que partiese para el Real Sitio. Mi escasez de numerario me puso en peligro de no poder ir, lo que me desesperaba y afligía extraordinariamente.

Pero con ruegos y razones sutilísimas, unidas al poco dinero que tenía, logré ablandar el corazón duro de un carromatero, que al fin consintió en llevarme. Las tres mulas emplearon no sé si un siglo en el viaje. Yo temía que se me adelantaran los tíos de Inés; pero no fue así. Cuando llegué, D. Celestino estaba en la misa mayor: entré en la iglesia lo mismo que los domingos anteriores; pero el templo me pareció triste y fúnebre. Al salir di agua bendita a Inés, esperamos al buen párroco en la puerta de la sacristía, y nos fuimos los tres a la casa. ¡Cosa singular! No hablamos nada por el camino. Los tres suspirábamos. Durante la comida traté de animar a los demás con fingido buen humor; pero no pude conseguirlo. Viendo la tardanza de la anunciada visita, yo creí que los Requejos no vendrían; pero mi alegría se disipó cuando estábamos concluyendo de comer. De improviso sentimos ruido de voces en el patio de la casa; levantámonos, y saliendo yo al corredor, oí una voz hueca y áspera que decía:

—¿Vive aquí el latino y músico D. Celestino Santos del Malvar, cura de la parroquia?

D. Mauro Requejo y su hermana Doña Restituta, tíos de Inés, habían llegado.

Entraron en la habitación donde estábamos, y al punto que D. Mauro vio a su sobrina, dirigiose a ella con los brazos abiertos, y al estrecharla en ellos, exclamó endulzando la voz:

—¡Inés de mi alma, inocente hija de la pobre Juana! Al fin, al fin te veo. Bendito sea Dios que este consuelo me da. ¡Qué linda eres! Ven, déjame que te abrace otra vez.