—Yo tengo mi conciencia tranquila. No cojo más que lo mío, y antes moriría que tomar un ochavo más. Eso bien lo sabe el Santísimo Sacramento, que ya me conoce. Pero si en esta parte estoy tranquilo, ¡ay! ya le he dicho al Santísimo Sacramento que estoy loco de amor y que me perdone los dos grandes pecados que he cometido hoy.
—¿Y qué pecados son esos?
—Trabajo me cuesta el decirlo; pero allá van para empezar desde ahora a purgarlos con la vergüenza que me causan. Los dos pecados son: haber escrito una carta falsa a D. Mauro para obligarle a ir a Navalcarnero, y haber hecho construir por un molde de cera la llave con que he entrado aquí y la de la caja. La carta estaba perfectamente falsificada; las llaves no valen menos.
—¿Conque eso va a toda prisa? ¿Y nuestra chicuela?
—Esta noche me la llevo. ¡Ah! ya habrá leído la carta. La habrá leído; sabrá que quiero ponerla en libertad, y su inquietud, su agonía, su zozobra entre la esperanza y el temor serán inmensas. Dentro de un rato será mía. ¿Cuento contigo?
—Para lo que usted quiera. Pues no faltaba más —dije, discurriendo cuál sería el mejor modo de burlar a un mismo tiempo a Doña Restituta y a su prometido esposo.
—¡Ay! tiemblo todo al pensar que pronto he de sacarla del poder de estas fieras —dijo Juan de Dios—. La pobrecita me estará esperando ya. ¿Qué te parece? ¡Ah! he preguntado a varias personas por una isla desierta, y nadie me ha dado razón. ¿Esas que llaman las Canarias son desiertas? ¿Sabes tú a dónde caen? Creo que allá por el gran golfo, o como si dijéramos, entre la China y el Moro. ¿Por dónde se va?
—De eso sí que no sé palotada —contesté, tratando de dejar a un lado la geografía—. Pero vamos a ver: ¿cómo piensa usted engañar a Doña Restituta?
—Eso no me inquieta. La amarraremos tapándole la boca, pero sin hacerla daño, porque es una buena mujer, como no sea para criar sobrinas... y ya ves. Hace veinte años que como el pan de esta casa. Si no fuera por esta terrible sofocación que me ha entrado... Gabriel, yo me vuelvo loco; lo que no te sabré decir es si me vuelvo loco de alegría o de pena.
—¿Le parece a usted —dije, afectando oficiosidad— que suba pasito a pasito a ver si Doña Restituta duerme o vela?