—Bien pensado. Mejor es que te estés en la trastienda de centinela, y en caso de que sientas ruido en el entresuelo, me avisas al instante. Yo despacharé eso fácilmente.

No esperé a que me lo repitiera, y subí. No: Gabriel no subía, volaba. Mi resolución, prontamente tomada, llevome sin vacilar al cuarto donde dormía Inés y velaba su feroz tía. Cuando esta sintió mis pasos, cuando oyó que alguien se acercaba, cuando llegué al cuarto y me puse ante su vista, su terror no tuvo límites. Como no comprendía la posibilidad material de mi evasión, y era además mujer supersticiosa, no creyó sino que yo era el diablo en persona, o al menos hombre protegido por todos los diablos del infierno. Quedose muda de terror: quiso hablar y no pudo; quiso gritar y lanzó un aullido congojoso, cual si la apretaran el cuello. No queriendo yo perder un instante, me arrojé a sus plantas, exclamando con sofocante precipitación:

—Señora, ama mía, ama de mi corazón, óigame su merced: soy inocente. Perdóneme su merced. Quise revelarles a ustedes todo; pero aquellos hombres no me dejaron. Yo no intenté robar a Inés: quise sacarla de aquí para impedir que la robara su amante. ¿No sabe usted quién es? ¡Juan de Dios, Juan de Dios! ¡Ah, señora! ¡y dudaba usted de mi fidelidad!

Restituta pasó del terror a la sorpresa, al asombro, al anonadamiento, a la estupidez.

—¡Juan de Dios! —exclamó—. ¡Juan de Dios! Mi... No, no puede ser... tú eres el Demonio. ¡Jesús, María y José! Por la señal de la Santa Cruz...

—¿Qué cruz ni cruz? ¿Quiere usted la prueba? Pues tome usted esa carta que el caballerito me dio para su novia —dije, entregándole la carta del mancebo.

Restituta la tomó en sus manos, frías como el mármol y temblorosas; recorrió muy de prisa sus once pliegos, examinó la firma, y díjome después:

—¿Estoy soñando? Tú... eres Gabriel... ¡Oh! yo estoy loca... ¡Ese miserable, a quien hemos dado de comer!...

—¿Aún lo duda usted? Pues en este momento Juan de Dios está en el sótano abriendo el arca del dinero.

No me es posible hacer formar idea del salto que dio Restituta. Creo que hasta la silla saltó también arrastrada por el espantoso sacudimiento de los nervios de la hermana del Sr. D. Mauro.