—Temo salir a la calle.
—Yo también; pero es preciso salir: no es cosa de que andemos por los tejados. Si quiere usted, iré yo ahora mismo a casa de la señora Marquesa, que ya me conoce, y diciéndole que voy de parte de usted, le pintaré la situación en que nos encontramos, hablándole también de Inesilla, que es, sin duda, lo que le interesa más.
—Me parece bien; ¿y si te ven?
—Iré por calles extraviadas, y en caso de apuro, no me faltan piernas con que perderme de vista.
Yo estaba dominado por vivísima excitación, y cuando adoptaba un plan, cada segundo que transcurría sin ponerlo por obra, parecíame un siglo. No me era posible entregarme al reposo sin dar aquel paso en un camino que me parecía conducir a lugar seguro en nuestro desgraciado aislamiento. Inés no podía descansar tampoco, y su espíritu, no repuesto del azoramiento y zozobra de la madrugada anterior, era impresionado fuertemente por cuanto veía. Asomábase a la ventana que caía hacia la calle de San José, frente al Parque de Artillería, y como la vivienda era piso principal bajando del cielo, se veía el gran patio interior de aquel establecimiento de guerra, con los cañones y demás pertrechos, puestos en ordenadas filas a un lado y otro.
—Esto que ves es el Parque de Artillería, niña —le dijo D. Celestino—. ¿Ves? En aquellos grandes edificios se alojan los artilleros. Mira, salen algunos con un carro para ir a casa del abastecedor en busca de las provisiones.
—¿Y esas montañitas tan bonitas, formadas por cosas negras y redondas, iguales todas y puestas con mucho orden? —preguntó Inés sin dar tregua a su admiración.
—Esas son balas, chicuela —repuso el clérigo—. Los hombres han inventado esos juguetes para matarse unos a otros.
—Esas balas se meten en los cañones que están allí junto —dije yo, queriendo mostrar mi erudición—, y poniendo también pólvora y un cartucho, se dispara y es muy bonito. Hace un ruido, chiquilla, que se vuelve uno loco. ¡Si vieras cómo me lucí en el combate de Trafalgar! ¡Si tú me hubieras visto!... Lo menos maté mil ingleses.
—¡Quiten para allá... ay, ay! —exclamó con miedo D. Celestino—. Solo de pensar que eso se dispara, me pongo a temblar.