—¡Cobardón, calzonazos, corazón de albondiguilla! —gritó la Primorosa, pugnando por arrancar el arma a su marido—. Con el aire que hago moviéndome, mato yo más franceses que tú con un cañón de a ocho.
Entonces uno de los de a caballo se lanzó al galope hacia nosotros blandiendo su sable.
—¡Menegilda! ¿Tienes navaja? —dijo la esposa de Chinitas con desesperación.
—Tengo tres: la de cortar, la de picar y el cuchillo grande.
—¡Aquí estamos, espanta-cuervos! —bramó la maja, tomando de manos de su amiga un cuchillo carnicero, cuya sola vista causaba espanto.
El coracero clavó las espuelas a su corcel, y despreciando los tiros, se arrojó sobre el grupo. Yo vi las patas del corpulento animal sobre los hombros de la Primorosa; pero esta, agachándose más ligera que el rayo, hundió su cuchillo en el pecho del caballo. Con la violenta caída, el jinete quedó indefenso, y mientras la cabalgadura expiraba con horrible pataleo, el soldado proseguía el combate, ayudado por otros cuatro que a la sazón llegaron.
Chinitas, herido en la frente y con una oreja menos, se había retirado como a unas diez varas más allá, y cargaba un fusil en el callejón del Triunfo, mientras la Primorosa le envolvía un pañuelo en la cabeza, diciéndole:
—¡Si te moverás al fin! No parece sino que tienes en cada pata las pesas del reloj del Buen Suceso.
El amolador se volvió hacia mí y me dijo:
—Gabrielillo, ¿qué haces con ese fusil? ¿Lo tienes en la mano para escarbarte los dientes?