En efecto: yo tenía en mis manos un fusil, sin que hasta aquel instante me hubiese dado cuenta de ello. ¿Me lo habían dado? ¿Lo tomé yo? Lo más probable es que lo recogí maquinalmente, hallándome cercano al lugar de la lucha, y cuando caía sin duda de manos de algún combatiente herido; pero mi turbación y estupor eran tan grandes ante aquella escena, que ni aun acertaba a hacerme cargo de lo que entre las manos tenía.
—¿Pa qué está aquí esa lombriz? —dijo la Primorosa, encarándose conmigo y dándome en el hombro una fuerte manotada—. Descosío: coge ese fusil con más garbo. ¿Tienes en la mano un cirio de procesión?
—Vamos: aquí no hay nada que hacer —afirmó Chinitas, encaminándose con sus compañeros hacia la Puerta del Sol.
Echeme el fusil al hombro y les seguí. La Primorosa seguía burlándose de mi poca aptitud para el manejo de las armas de fuego.
—¿Se acabaron los franceses? —dijo una maja, mirando a todos lados—. ¿Se han acabado?
—No hemos dejado uno pa simiente de rábanos —contestó la Primorosa—. ¡Viva España y el Rey Fernando!
En efecto: no se veía ningún francés en toda la calle Mayor; pero no distábamos mucho de las gradas de San Felipe, cuando sentimos ruido de tambores, después ruido de cornetas, después pisadas de caballos, después estruendo de cureñas rodando con precipitación. El drama no había empezado todavía realmente. Nos detuvimos, y advertí que los paisanos se miraban unos a otros, consultándose mudamente sobre la importancia de las fuerzas ya cercanas. Aquellos infelices madrileños habían sostenido una lucha terrible con los soldados que encontraron al paso, y no contaban con las formidables divisiones y cuerpos de ejército que se acampaban en las cercanías de Madrid. No habían medido los alcances y las consecuencias de su calaverada, ni aunque los midieran, habrían retrocedido en aquel movimiento impremeditado y sublime que les impulsó a rechazar fuerzas tan superiores.
Había llegado el momento de que los paisanos de la calle Mayor pudieran contar el número de armas que apuntaban a sus pechos, porque por la calle de la Montera apareció un cuerpo de ejército, por la de Carretas otro y por la Carrera de San Jerónimo el tercero, que era el más formidable.
—¿Son muchos? —preguntó la Primorosa.
—Muchísimos, y también vienen por esta calle. Allá por Platerías se siente ruido de tambores.