Inés hizo un movimiento como para detenerme; pero sin duda su admirable buen sentido comprendió cuánto habría desmerecido a mis propios ojos cediendo a los reclamos de la debilidad, y se contuvo, ahogando todo sentimiento. Juan de Dios, que al volver de su desmayo era completamente extraño a la situación en que nos encontrábamos, y no parecía tener ojos ni oídos más que para espectáculos y voces de su propia alma, se adelantó hacia Inés con ademán embarazoso, y le dijo:

—Pero Gabriel habrá enterado a usted de todo. ¿La he ofendido a usted en algo? Bien habrá comprendido usted...

—Este caballero —dijo Inés—, está muerto de miedo, y no se moverá de aquí. ¿Quiere usted esconderse en la cocina?

—¡Miedo! ¡Que yo tengo miedo! —exclamó el mancebo con un repentino arrebato que le puso encendido como la grana—. ¿A dónde vas, Gabriel?

—A la calle —respondí saliendo—. A pelear por España. Yo no tengo miedo.

—Ni yo, ni yo tampoco —afirmó resuelta, furiosamente Juan de Dios, corriendo detrás de mí.

XXX

Llegué a la calle en momentos muy críticos. Las dos piezas de la calle de San Pedro habían perdido gran parte de su gente, y los cadáveres obstruían el suelo. La colocada hacia Poniente había de resistir el fuego de la de los franceses, sin más garantía de superioridad que el heroísmo de D. Pedro Velarde y el auxilio de los tiros de fusil. Al dar los primeros pasos encontré uno, y me situé junto a la entrada del Parque, desde donde podía hacer fuego hacia la calle Ancha, resguardado por el machón de la puerta. Allí se me presentó una cara conocida, aunque horriblemente desfigurada en la persona de Pacorro Chinitas, que incorporándose entre un montón de tierra y el cuerpo de otro infeliz ya moribundo, hablome así con voz desfallecida:

—Gabriel, yo me acabo; yo no sirvo ya para nada.

—Ánimo, Chinitas —dije, devolviéndole el fusil que caía de sus manos—; levántate.