—¿Levantarme? Ya no tengo piernas. ¿Traes tú pólvora? Dame acá: yo te cargaré el fusil... Pero me caigo redondo. ¿Ves esta sangre? Pues es toda mía y de este compañero que ahora se va... Ya expiró... Adiós, Juancho: tú al menos no verás a los franceses en el Parque.
Hice fuego repetidas veces: al principio muy torpemente, y después con algún acierto, procurando siempre dirigir los tiros a algún francés claramente destacado de los demás. Entre tanto y sin cesar en mi faena oí la voz del amolador que, apagándose por grados, decía:
—Adiós, Madrid, ya me encandilo... Gabriel, apunta a la cabeza. Juancho, que ya estás tieso, allá voy yo también: Dios sea conmigo y me perdone. Nos quitan el Parque; pero de cada gota de esta sangre saldrá un hombre con su fusil, hoy, mañana y al otro día. Gabriel, no cargues tan fuerte, que revienta. Ponte más adentro. Si no tienes navaja, búscala, porque vendrán a la bayoneta. Toma la mía. Allí está junto a la pierna que perdí... ¡Ay! ya no veo más que un cielo negro. ¡Qué humo tan negro! ¿De dónde viene ese humo? Gabriel, cuando esto se acabe, ¿me darás un poco de agua? ¡Qué ruido tan atroz!... ¿Por qué no traen agua?... ¡Agua, Señor Dios Poderoso! ¡Ah! ya veo el agua: ahí está. La traen unos angelitos: es un chorro, una fuente, un río...
Cuando me aparté de allí, Chinitas ya no existía. La debilidad de nuestro centro de combate me obligó a unirme a él, como lo hicieron los demás. Apenas quedaban artilleros, y dos mujeres servían la pieza principal, apuntada hacia la calle Ancha. Era una de ellas la Primorosa, a quien vi soplando fuertemente la mecha, próxima a extinguirse.
—Mi general —decía a Daoiz—, mientras su merced y yo estemos aquí, no se perderán las Españas ni sus Indias... Allá va el petardo... Venga ahora acá el destupidor. ¡Cómo rempuja pa tras este animal cuando suelta el tiro! ¡Ah! ¿Ya estás aquí, Tripita? —gritó al verme—. Toca este instrumento y verás lo bueno.
El combate llegaba a un extremo de desesperación, y la artillería enemiga avanzó hacia nosotros. Animados por Daoiz, los heroicos paisanos pudieron rechazar por última vez la infantería francesa, que en pequeños pelotones se destacaba de la fuerza enemiga.
—¡Ea! —gritó la Primorosa cuando volvió a comenzar el fuego de cañón—. Atrás, que yo gasto malas bromas. ¿Vio usted cómo se fueron, señor general? Solo con mirarles yo con estos recelestiales ojos, les hice volver pa tras. Van muertos de miedo. ¡Viva España y muera Napoleón!... Chinitas, ¿no está por ahí Chinitas? Ven acá, cobarde, calzonazos.
Y cuando los franceses, replegando su infantería, volvieron a cañonearnos, ella, después de ayudar a cargar la pieza, prosiguió gritando:
—Renacuajos, volved acá. Ea, otro paseíto. Sus mercedes quieren conquistarme a mí, ¿no verdá? Pues aquí me tenéis. Vengan acá: soy la reina, sí, señores; soy la emperadora del Rastro, y yo acostumbro a fumar en este cigarro de bronce, porque no las gasto menos. ¿Quieren ustedes una chupadita? Pos allá va. Desapártense pa que no les salpique la saliva; si no...
La heroica mujer calló de improviso, porque la otra maja que cerca de ella estaba, cayó tan violentamente herida por un casco de metralla, que de su despedazada cabeza saltaron, salpicándonos, repugnantes pedazos. La esposa de Chinitas, que también estaba herida, miró el cuerpo expirante de su amiga. Debo consignar aquí un hecho transcendental: la Primorosa se puso repentinamente pálida y repentinamente seria. Tuvo miedo.