Llegó el instante crítico y terrible. Durante él sentí una mano que se apoyaba en mi brazo. Al volver los ojos, vi un brazo azul con charreteras de capitán. Pertenecía a D. Luis Daoiz, que, herido en la pierna, hacía esfuerzos por no caer al suelo, y se apoyaba en lo que encontró más cerca. Yo extendí mi brazo alrededor de su cintura, y él, cerrando los puños, elevándolos convulsamente al cielo, apretando los dientes y mordiendo después el pomo de su sable, lanzó una imprecación, una blasfemia, que habría hecho desplomar el firmamento, si lo de arriba obedeciera a las voces de abajo.
En seguida se habló de capitulación y cesaron los fuegos. El jefe de las fuerzas francesas acercose a nosotros, y en vez de tratar decorosamente de las condiciones de la rendición, habló a Daoiz de la manera más destemplada y en términos amenazadores y groseros. Nuestro inmortal artillero pronunció entonces aquellas célebres palabras: Si fuerais capaz de hablar con vuestro sable, no me trataríais así.
El francés, sin atender a lo que le decía, llamó a los suyos, y en el mismo instante... Ya no hay narración posible, porque todo acabó. Los franceses se arrojaron sobre nosotros con empuje formidable. El primero que cayó fue Daoiz, traspasado el pecho a bayonetazos. Retrocedimos precipitadamente hacia el interior del Parque todos los que pudimos, y como aun en aquel trance espantoso quisiera contenernos D. Pedro Velarde, le mató de un pistoletazo por la espalda un oficial enemigo. Muchos fueron implacablemente pasados a cuchillo; pero algunos y yo pudimos escapar, saltando velozmente por entre escombros, hasta alcanzar las tapias de la parte más honda, y allí nos dispersamos, huyendo cada cual por donde encontró mejor camino, mientras los franceses, bramando de ira, indicaban con sus alaridos al aterrado vecindario que Monteleón había quedado por Bonaparte.
Difícilmente salvamos la vida; y no fuimos muchos los que pudimos dar con nuestros fatigados cuerpos en la huerta de las Salesas Nuevas o en el Quemadero. Los franceses no se cuidaban de perseguirnos, o por creer que bastaba con rematar a los más próximos, o porque se sentían con tanto cansancio como nosotros. Por fortuna, yo no estaba herido sino muy levemente en la cabeza, y pude ponerme a cubierto en breve tiempo: al poco rato ya no pensaba más que en volver a mi casa, donde suponía a Inés en angustiosa incertidumbre por mi ausencia. Cuando traté de regresar, hallé cerrada la puerta de Santo Domingo, y tuve que andar mucho trecho buscando el portillo de San Joaquín. Por el camino me dijeron que los franceses, después de dejar una pequeña guarnición en el Parque, se habían retirado.
Dirigime con esta noticia tranquilamente a casa, y al llegar a la calle de San José, encontré aquel sitio inundado de gente del pueblo, especialmente de mujeres, que reconocían los cadáveres. La Primorosa había recogido el cuerpo de Chinitas. Yo vi llevar el cuerpo, vivo aún, de Daoiz en hombros de cuatro paisanos, y seguido de apiñado gentío. De Don Pedro Velarde oí que había sido completamente desnudado por los franceses, y en aquellos instantes sus deudos y amigos estaban amortajándole para darle sepultura en San Marcos. Los imperiales se ocupaban en encerrar de nuevo las piezas, y retiraban silenciosamente sus heridos al interior del Parque; por último, vi una pequeña fuerza de caballería polaca, estacionada hacia la calle de San Miguel.
Ya estaba cerca de mi casa, cuando un hombre cruzó a lo lejos la calle, con tan marcado ademán de locura, que no pude menos de fijar en él mi atención. Era Juan de Dios, y andaba con pie inseguro de aquí para allí, como demente o borracho, sin sombrero, el pelo en desorden sobre la cara, las ropas destrozadas, y la mano derecha envuelta en un pañuelo manchado de sangre.
—¡Se la han llevado! —exclamó al verme, agitando sus brazos con desesperación.
—¿A quién? —pregunté, adivinando mi nueva desgracia.
—¡A Inés!... Se la han llevado los franceses; se han llevado también a aquel infeliz sacerdote.
La sorpresa y la angustia de tan tremenda nueva dejáronme por un instante como sin vida.