Estas palabras las oí confusamente, y después me quedé solo, o mejor dicho, acompañado de algunos chicuelos que me empujaban de acá para allá jugando conmigo. No tardé en recobrar, con el completo uso de mis facultades, la idea perfecta de la terrible situación, solo olvidada durante un rato de marasmo físico y de turbación mental. Oí distintamente las dos en un reloj cercano, y observé el sitio en que me encontraba, el cual no era otro que la plazuela del Barranco, inmediata a los Caños del Peral. Contemplar mental y retrospectivamente cuanto había pasado; medir con el pensamiento la distancia que me separaba de la Montaña, y correr hacia allá, todo pasó en el mismo instante. Sentíame ágil; la desesperación aligeraba tanto mis pasos, que en poco tiempo llegué al fin de mi viaje; y en la portalada que daba a la huerta del Príncipe Pío vi tanta gente curiosa, que era difícil acercarse. Yo lo hice, a pesar de los obstáculos, y habría sido preciso matarme para hacerme retroceder. Las mujeres allí reunidas daban cuenta de los desgraciados que habían visto penetrar para no salir más. Desde luego quise introducirme, e intenté conmover a los centinelas con ruegos, con llantos, con razones, hasta con amenazas; Pero mis esfuerzos eran inútiles, y cuanto más clamaba, más enérgicamente me impelían hacia afuera. Después de forcejear un rato, la desesperación y la rabia me sugirieron estas palabras que dirigí al centinela:
—Déjeme entrar. Vengo a que me fusilen.
El centinela me miró con lástima, y apartome con la culata de su fusil.
—¡Tienes lástima de mí —continué— y no la tienes de los que busco! No, no tengas lástima. Yo quiero entrar. Quiero ser arcabuceado con ellos.
Fui nuevamente rechazado; pero de tal modo me dominaba el deseo de penetrar, y tan terriblemente pesaba sobre mi espíritu aquella horrorosa incertidumbre, que la vida me parecía precio mezquino para comprar el ingreso de la funesta puerta, tras la cual agonizaban o se disponían a la muerte mis dos amigos.
Desde fuera escuchaba un sordo murmullo, lúgubre concierto de plegarias dolorosas y de violentas imprecaciones. Tan pronto me apartaba de la puerta como a ella volvía a suplicar de nuevo, y la angustia me sugería razones incontestables para cualquiera, menos para los franceses. Ya golpeaba la pared con mi cabeza. Ya clavábame las uñas en mi propio cuerpo hasta hacerme sangre; medía con la vista la altura de la tapia, aspirando a franquearla de un vuelo; iba y venía sin cesar, insultando a los afligidos circunstantes, y miraba el negro cielo, por entre cuyos apelmazados celajes creía distinguir, danzando en veloz carrera, una turba de mofadores demonios.
Suplicaba otra vez al centinela, diciéndole:
—¿Por qué no me fusiláis? ¿Por qué no entro, para que me maten con mis amigos? ¡Asesinos de Madrid! ¿Sabéis para qué quiero yo a vuestro Emperador? Para esto.
Y escupía con rabia a los pies de los soldados, que sin duda me tenían por loco. Luego, concibiendo una idea que me parecía salvadora, registré ávidamente mis bolsillos, como si en ellos encerrase un tesoro, y sacando la navaja de Chinitas, que aún conservaba, exclamé con febril alegría:
—¡Ah! ¿No veis lo que tengo aquí? Una navaja, un cuchillo aún manchado de sangre. Con él he matado muchos franceses, y mataría al mismo Napoleón I. ¿No prendéis a todo el que lleva armas? Pues aquí estoy. Torpes: habéis cogido a tantos inocentes, y a mí me dejáis suelto por las calles... ¿No me andábais buscando? Pues aquí estoy. Ved, ved el cuchillo: aún gotea sangre.