Tan convincentes razones me valieron el ser aprehendido, y al fin penetré en la huerta. Apenas había dado algunos pasos hacia las personas que confusamente distinguía delante de mí, cuando un vivo gozo inundó mi alma. Inés y D. Celestino estaban allí, ¡pero de qué manera! En el momento de entrar yo, a ambos les ataban, como eslabones de la humana cadena que iba a ser entregada al suplicio. Me arrojé en sus brazos, y por un momento, estrechados con inmenso amor, los tres no fuimos más que uno solo. Inés empezó a llorar amargamente; mas el clérigo conservaba su semblante sereno.
—Desde que le has visto, Inés, has perdido la serenidad —dijo gravemente—. Ya no estamos en la tierra. Dios aguarda a sus queridos mártires, y la palma que merecemos nos obliga a rechazar todo sentimiento que sea de este mando.
—¡Inés! —exclamé con el dolor más vivo que he sentido en toda mi vida—. ¡Inés! Después de verte en esta situación, ¿qué puedo hacer sino morir?
Y luego, volviéndome a los franceses ebrio de coraje, y sintiéndome con un valor inmenso, extraordinario, sobrehumano, exclamé:
—Canallas, cobardes, verdugos, ¿creéis que tengo miedo a la muerte? Haced fuego de una vez y acabad con nosotros.
Mi furor no irritaba a los franceses, que hacían los preparativos del sacrificio con frialdad horripilante. Lleváronme a presencia de uno, el cual, después de decirme algunas palabras, me envió ante otro, que al fin decidió de mi suerte. Al poco rato me vi puesto en fila junto al clérigo, cuya mano estrechó la mía.
—¿Cuándo te cogieron? ¿Te encontraron algún arma, desgraciado? —me dijo—. Pero no es esta ocasión de mostrar odio, sino resignación. Vamos a entrar en nueva y más gloriosa vida. Dios ha querido que nuestra existencia acabe en este día, y nos ha dado el laurel de mártires por la patria, que todos no tienen la dicha de alcanzar. Gabriel, eleva tu mente al Cielo. Tú estás libre de todo pecado, y yo te absuelvo. Hijo mío, este trance es terrible; pero tras él viene la bienaventuranza eterna. Sigue el ejemplo de Inés. Y tú, hija mía, la más inocente de todas las víctimas inmoladas en este día, implora por nosotros si, como creo, llegas la primera al goce de la eterna dicha.
Sin atender a las razones de mi amigo, yo me empeñaba en hablar con Inés, en distraerla de su devoto recogimiento, en pretender que dirigiera a mí las palabras que a Dios sin duda dirigía, en obligarla a alzar los ojos y mirarme, pues sin esto yo me sentía incapaz de contrición.
Un oficial francés nos pasó una especie de revista, examinándonos uno a uno.
—¿Para qué prolongáis nuestro martirio? —exclamé sin poderme contener, viendo sobre mí la impertinente mirada del francés—. Todos somos españoles, todos somos españoles; todos hemos luchado contra vosotros. Por cada vida que ahoguéis en sangre, renacerán otras mil que al fin acabarán con vosotros, y ninguno de los que estáis aquí verá la casa en que nació.