—Gabriel, modérate y perdónales como les perdono yo —me dijo el cura—. ¿Qué te importa esa gente? ¿Para qué les afeas su pasado, si harto lo verán en el espejo turbio de su conciencia? ¿Qué importa morir? Hijo mío, destruirán nuestros cuerpos, pero no nuestra alma inmortal, que Dios ha de recibir en su seno. Perdónalos; haz lo que yo, que pienso pedir a Dios por los enemigos del Príncipe de la Paz, mi amigo y hasta pariente; por Santurrias, por el licenciado Lobo, por los tíos de Inesilla, y hasta por los franceses que nos quieren quitar nuestra patria. Mi conciencia está más serena que ese cielo que tenemos sobre nuestras cabezas, y en cuyo horizonte aparece ya la aurora del nuevo día. Lo mismo están nuestras almas, Gabriel, y en ellas despuntan ya los primeros resplandores del día sin fin.
—Ya amanece —dije mirando a oriente—. Inés: no bajes los ojos, por Dios, y mírame; estréchate más contra nosotros.
—Procura serenar tu conciencia, hijo mío —continuó el clérigo—. La mía está serena. No, no he manchado mis manos con sangre, porque soy sacerdote; me encontraron un cuchillo, mas no era mío. Yo cumplí mi deber, que era arengar a aquellos valientes, y si ahora me soltaran acudiría de pueblo en pueblo repitiendo aquello de Dulce et decorum est del gran latino. Únicamente me arrepiento de no haber advertido a tiempo al señor Príncipe. ¡Ah! si él hubiera puesto en la cárcel a aquellos perdidos... tal vez no habría caído, tal vez no habría sido Rey Fernando VII, tal vez no habrían venido los franceses... tal vez... Pero Dios lo ha querido así... Verdad es que si yo hubiera vencido la cortedad de mi genio... si yo hubiera prevenido a Su Alteza, que me quería tanto... ¡Ah! no nos ocupemos ya más que de morir y perdonar. ¡Ah, Gabriel! Haz lo que yo, y verás con qué tranquilidad recibes la muerte. ¿Ves a Inés? ¿No parece su cara la de un ángel celeste? ¿No la ves cómo está tranquila en su recogimiento, y digna y circunspecta sin afectación? ¿No la ves cómo contempla a los franceses sin odio, y suspira dulcemente, animándonos con su mirada?
—¡Inés —exclamé yo, sin poder adquirir nunca la serenidad que D. Celestino me pedía—, tú no debes morir, tú no morirás! Señor oficial, fusiladnos a todos, fusilad al mundo entero; pero poned en libertad a esta infeliz muchacha, que nada ha hecho. Así como digo y repito y juro que he matado yo más de cincuenta franceses, digo y repito y juro que Inés no arrojó a la calle ningún caldero de agua hirviendo, como han dicho.
El francés miró a Inés, y viéndola tan humilde, tan resignada, tan bella, tan dulcemente triste en su disposición para la muerte, no pudo menos de mostrarse algo compasivo. D. Celestino, viendo aquella inclinación favorable, se echó a llorar, y dijo también: «todos nosotros hemos pecado; pero Inés es inocente.» Las lágrimas del anciano produjeron en mí trastorno tan vivo, que de improviso, a la tirantez colérica de mi irritado ánimo, sucedió una expansión tranquila, aunque penosísima; un reblandecimiento, si así puede decirse, de mi dolor endurecido.
—Inés es inocente —exclamé de nuevo—. ¿No veis su semblante, señores oficiales? ¡Ah! sois unos caballeros muy decentes y muy honrados, y no podéis cometer la villanía de asesinar a esta niña.
—Nosotros no valemos para nada —dijo el clérigo con voz balbuciente—. Mátennos en buen hora, porque somos hombres, y el que más y el que menos... Pero ella... señores militares... Me parece que son ustedes unas personas muy finas... pues... ¡Ah! Inés es inocente. No tienen ustedes conciencia; ¿no tienen en su corazón una voz que les dice que esa jovencita es inocente?
El oficial, más inclinado a la compasión, pareció hasta conmovido. Acercándose, miró a Inés con interés.
Mas la huérfana se abrazó a nosotros en el momento en que los granaderos formaron la horrenda fila. Yo miraba todo aquello con ojos absortos, y sentíame nuevamente aletargado, con algo como enajenación o delirio en mi cabeza.
Vi que se acercó otro oficial con una linterna, seguido de dos hombres, uno de los cuales nos examinó ansiosamente, y al llegar a Inés, parose y dijo: «Esta.»