D. Celestino les dio las gracias con su amable sonrisa.

—Tenía tanta impaciencia por venir a ver esas tierras —dijo D. Mauro— que... y al mismo tiempo el alma se me arrancaba en cuajarones al pensar en mi querida sobrinita, huérfana y abandonada... porque las tierras, señor D. Celestino, no son ningún muladar, Sr. Don Celestino, y me han costado obra de trescientos cuarenta y ocho reales, trece maravedís, sin contar las diligencias ni el por qué de la escritura. Sí, señor: ya está pagado todo, peseta sobre peseta.

—Todo pagado —indicó Doña Restituta, mirando uno tras otro a los tres que estábamos presentes—. A este no le gusta deber nada.

—¡Quiten para allá! Antes me dejo ahorcar que deber un maravedí —declaró D. Mauro, llevando la manopla a la garganta, oprimida por el corbatín.

—En casa no ha habido nunca trampas —añadió la hermana.

—A eso deben ustedes el haber adelantado tanto —dijo D. Celestino.

—La suerte... eso sí; hemos tenido suerte —dijo Requejo—. Luego esta es tan trabajadora, tan ahorrativa, tan hormiguita...

—Pero todo se debe a tu honradez —añadió Restituta—. Sí, créanlo ustedes, a su honradez. Este tiene tal fama entre los comerciantes, que le entregarían los tesoros del Rey.

—En fin... algo se ha hecho, gracias a Dios y a nuestro trabajo. Si fuera a hacer caso de esta, compraría tierras y más tierras. A esta no le gustan sino las fincas.

—Y con razón: si este me hiciera caso —dijo la hermana, mirando otra vez sucesivamente a los circunstantes—, todas nuestras ganancias se emplearían en tierras de labor.