—Como yo soy así, tan... pues —indicó Requejo.

—Sin soberbia, Sr. D. Celestino —dijo Restituta—, bueno es aparentar que se tiene lo que se tiene.

—Y me hace comprar vestidos, sombreros, alhajas —indicó D. Mauro—. Qué sé yo la tremolina de cosas que ha entrado en casa. Ello, como se puede... Vea usted esta cadena —añadió, mostrando a D. Celestino una que traía al cuello—; vea usted también este alfiler. ¿Cuánto cree usted que me han costado? La friolenta de mil reales... Psh: yo no quería; pero esta se empeñó, y como se puede...

—Son hermosas piezas.

—Y bien te dije que te quedaras también con la tumbaga de la esmeralda, que ya recordarás la daban en poco más de nada. Es una lástima que la haya tomado el Duque de Altamira.

Al decir esto nos miraban, y nosotros les contestábamos con señales de asentimiento, pero sin palabras, porque ni a Inés ni a mí se nos ocurrían.

—Pero ¿cómo está ahí mi sobrina tan calladita? —dijo Requejo riéndose de improviso y quedándose muy serio un instante después.

Inés se sonrojó y no dijo nada, porque, en efecto, no tenía nada que decir.

—¡Ay, no puede negar la pinta! ¡Cómo se parece a su madre, a la pobre Juana, mi prima querida! —exclamó Requejo llevándose la manopla a la boca para tapar un bostezo—. ¡Y qué pronto se murió la pobrecita!

—Ya que pasó a mejor vida aquella santa y ejemplar mujer —dijo Restituta—, no la nombremos, porque así se renueva nuestro dolor y el de esa pobre muchacha, aunque ella es niña, y los niños se consuelan más fácilmente.