—Ella les agradece a ustedes con toda el alma los beneficios que va a recibir.
—Ya estoy contento, Sr. D. Celestino —dijo Requejo—. Una cosa me faltaba, y ya la tengo. Inés será mi heredera. Inés se casará con una persona que la merezca y que traiga también buenas peluconas: ella será feliz y nosotros también.
—No hables mucho de eso, porque lloro —dijo Doña Restituta—. ¡Qué gusto es tener quien la acompañe a una en la soledad, y quien comparta las comodidades que Dios y nuestro trabajo nos han proporcionado! ¡Ay, Inesita, eres tan linda, que me recuerdas mi mocedad cuando iba a jugar a la huerta del convento de las madres Recoletas de Sahagún, donde me crié! Me parece que si ahora te separaran de mí, no tendría fuerzas para vivir.
Diciendo esto abrazó a Inés, y pareciome que el forro de su cara, es decir, la piel, se teñía de un leve rosicler.
—Puesto que Inés está impaciente por irse con nosotros —dijo Requejo—, esta misma tarde nos la llevaremos.
—¡Cómo! ¡esta tarde! ¡yo! —exclamó ella vivamente.
—Hija mía —dijo Restituta—, no conviene disimular el cariño que nos tienes. Somos tus tíos, y de veras te digo que no debes agradecernos lo que hacemos por ti, pues obligación nuestra es.
—Tal vez ponga reparos a ir con ustedes así... tan pronto —indicó con timidez D. Celestino—; pero no dudo que comprenda pronto las ventajas de su nueva posición, y se decida...
—¡Que no quiere venir! —exclamó Requejo con asombro—. ¿Conque nuestra sobrina no nos quiere? ¡Jesús! ¡Mayor desgracia!
—Sí... les quiere a ustedes —añadió el cura, tratando de conciliar la repugnancia que notaba en el semblante de Inés con el deseo de los Requejos.