—Lo que es por mí —interrumpió Requejo—, con cualquier cosa me sustento. Teniendo un pedazo de pan, otro de tocino y agua de la fuente del Berro, vamos viviendo; pero esta se empeña en poner las cosas en buen pie. Todos los días ha de traer libra y media de carne de vaca, y jamón rancio a porrillo, y abadejo del mejor todos los viernes, y para cenar una perdiz por barba, y los domingos tres capones, y por Navidad y por el día de San Mauro, que es el 15 de enero, o por San Restituto, que es el 10 de junio, andan los pavos por casa como si esta fuese la era del Mico. El Mayordomo de los Duques de Medina de Rioseco, que suele ir a casa a pedirnos dinero prestado, se queda estupefacto de ver tanta abundancia, y asegura que no ha visto despensa como la nuestra.

—Eso sí —dijo Restituta—, no nos duele gastar en el plato, ni en buena ropa para vestir, ni en buen cisco de retama para la lumbre. Vivimos tranquilos y felices. Nuestra única pena ha consistido hasta ahora en no tener una persona querida a quien dejar lo que poseemos, cuando Dios se sirva llamarnos a su santa gloria; porque los parientes que nos quedan en Santiagomillas son unos pícaros que nos dan mucho que hacer.

Al oír esto, D. Mauro movió el resorte de risa y miró a Inés, diciendo:

—Pero aquí nos depara Dios a nuestra querida sobrinita, a esta rosa temprana, a esta señoritica que parece un ángel: ¡ay! si no puede negar la pinta, si es éntica a su madre...

—Por Dios, Mauro —exclamó Restituta—, no traigas a la memoria a aquella santa mujer, porque yo estoy todavía tan impresionada con su muerte, que si la recuerdo, se me vienen las lágrimas a los ojos.

—Todo sea por Dios, y hágase su santa voluntad —dijo Requejo tocando el resorte de la seriedad—. Lo que digo es que cuanto tengo y pueda tener será para esta palomita torcaz, pues todo se lo merece ella con su cara de princesa.

—Ya, ya... —indicó Restituta guiñando el ojo—, que no tendrá pretendientes en gracia de Dios. Marquesitos y condesitos conozco yo que no suspirarán poco debajo de nuestras ventanas cuando sepan que guardamos en casa tal primor.

—Pelambrones, hija, pelambrones sin un cuarto —añadió Requejo—. Cuando la niña haya de tomar estado, ya le buscaremos un joven de una de las principales familias de España, que sea digno de llevarse esta joya.

—Eso por de contado. Casas hay muy ricas, donde no es todo apariencia, y mayorazgos conozco que en cuanto la vean y sepan la riqueza que ha de heredar de sus tíos, beberán los vientos por conseguir su mano. A fe mía que nuestra casa no es ningún guiñapo, y cuando pongamos en la sala las cortinas de sarga verde con ramos amarillos, y aquellos pájaros color de pensamiento que parecen vivos, no estará de mal ver para recibir en ella a todos los señores del Consejo Real. ¡Pues poco tono se va a dar la niñita en su gran casa!

D. Celestino, viendo que su sobrina no contestaba nada a tan patéticas demostraciones de afecto, creyó conveniente hablar así: