—No la tratarán mal, no —dije muy sofocado—. Lo que yo temo es otra cosa, y eso no lo he de consentir.
—A ver, muchacho.
—Usted sabe como yo lo que hay sobre el particular: usted sabe que Inés no es hija de Doña Juana; usted sabe que Inés nació del vientre de una gran señora de la Corte, cuyo nombre no conocemos; usted sabe todo esto, y ¿cómo sabiéndolo no comprende la intención de los Requejos?
—¿Qué intención?
—Los Requejos despreciaron siempre a Doña Juana; los Requejos no le dieron nunca ni tanto así; los Requejos ni siquiera la visitaron en su enfermedad; y ahora, Sr. D. Celestino de mi alma, los Requejos lloran recordando a la difunta; los Requejos echan la baba mirando a su sobrinita, y no puede ser otra cosa sino que los Requejos han descubierto quiénes son los padres de Inés; los Requejos han comprendido que la muchacha es un tesoro, y ¡ay! no me queda duda de que el Requejo mayor, ese poste vestido, trae entre ceja y ceja el proyecto de casarse con Inés, obligándola a ello en cuanto la pille en su casa.
—Sosiégate, muchacho, y óyeme. Puede muy bien suceder que la intención de los Requejos sea la que dices, y puede muy bien que sea la que ellos han manifestado. Como yo me inclino siempre a creer lo bueno, no dudo de la sinceridad de D. Mauro, hasta que los hechos me prueben lo contrario. ¿Qué sabes tú si de la mañana a la noche verás a Inés hecha una damisela, paseando en magnífica carroza, con dos caballos empenachados y un encartonado cochero? Sí: verasla rodeada de lacayos y pajes, llena de diamantes como avellanas, y viviendo en uno de esos caserones que hay en Madrid más grandes que conventos.
—¡Bah, bah! Eso es como cuando yo quería ser Príncipe, Generalísimo y Secretario del Despacho. A los diez y seis años se pueden decir tales cosas; pero no a los sesenta.
—Viviendo conmigo, Inés ha de estar condenada a perpetua estrechez. ¿No vale más que se la lleven los parientes de su madre, que parecen personas muy caritativas? En todo caso, Gabriel, si la muchacha no estuviera contenta allí, tiempo tenemos de recogerla, porque a mí, como tío carnal, me corresponde la tutela.
—¿Y por qué la deja usted marchar?
—Porque los Requejos son ricos... ¿lo comprenderás al fin?... porque Inés en casa de esa gente puede estar como una princesa, y casarse al fin con un comerciante muy rico de la calle de Postas o Platerías.