—Alto allá, señor mío —exclamé muy amostazado—, ¿qué es eso de casarse Inés? Inés, Dios mediante, no se casará más que conmigo. Sí, ¡vaya usted a hablarle de comerciantes y de usías!
—Es verdad: no me acordaba, hijito —dijo el cura con algo de mofa—. ¡Casarse a los diez y siete años! ¿El matrimonio es algún juego? Y además, hazme el favor de decirme qué ganas tú en la imprenta donde trabajas.
—Sobre tres reales diarios.
—Es decir, noventa y tres reales los meses de treinta y uno. Algo es; pero no basta, chiquillo. Ya ves tú: cuando Inés esté en su sala con cortinas verdes de ramos amarillos, y se siente en aquellas mesas donde hay siete pavos por Navidad, y todas las noches cena de perdiz por barba... ya ves tú, no sé cómo podrá arrimarse a ella un pretendiente con noventa y tres reales al mes, en los que traen treinta y uno.
—Eso ella es quien lo ha de decir —repuse con la mayor zozobra—; y si ella me quiere así, veremos si todos los Requejos del mundo lo pueden impedir. En resumidas cuentas, señor D. Celestino, ¿usted está decidido a que Inés se vaya esta tarde con D. Mauro?
—Decidido, hijo mío: es para mí un caso de conciencia.
—¿Y quién le dice a usted que con noventa y tres reales al mes no se puede mantener una familia? Pues a mí me da la gana de casarme, sí, señor.
—¡Casarse a los diez y siete años! Uno y otro debéis esperar a tener los treinta y cinco cumplidos. La vida se pasa pronto: no te apures. Para entonces podréis casaros. Sois a propósito el uno para el otro. Casar y compadrar cada uno con su igual. Veremos si de aquí allá te luce más el oficio.
—¿Y no puedo yo buscar un destinillo?
—Eso es como cuando se te puso en la cabeza que te iba a caer un principado.