—No: un destinillo de estos que se dan a cualquier pelón, en la contaduría de acá o en la de allá.

—¿Pero crees tú que un empleo es cosa fácil de conseguir?

—¿Por qué no? —respondí enfáticamente—. ¿Pues para qué son los destinos sino para darlos a todos los españoles que necesitan de ellos?

—Hijo, las antesalas están llenas de pretendientes. Ya recordarás que a pesar de ser paisano y amigo del Príncipe de la Paz, estuve catorce años haciendo memoriales.

—Pero al fin... Visita usted a S. A. y le trata; de modo que si le pidiera para mí una placita, no creo que se la negara.

—¡Ah! —exclamó D. Celestino con satisfacción—. El día que visité a S. A. fue para mí el más lisonjero de mi vida, porque oí de sus augustos labios las palabras más cariñosas. Si vieras con cuánto agasajo me trató; ¡y qué amabilidad, qué dulzura, qué llaneza, sin dejar por eso de ser Príncipe en todos sus gestos y palabras! Cuando entré, yo estaba todo turbado y confuso, y la lengua se me quedó pegada al paladar. Mandome S. A. que me sentara, y me preguntó si yo era de Villanueva de la Serena. ¿Ves qué bondad? Contestele que había nacido en los Santos de Maimona, villa que está en el camino real, como vamos de Badajoz a Fuente de Cantos. Luego me preguntó por la cosecha de este año, y le respondí que, según mis noticias, el centeno y cebada eran malos; pero que la bellota venía muy bien. Ya comprenderás por esto el interés que se toma por la agricultura. En seguida me dijo si estaba contento en mi parroquia, a lo cual contesté afirmativamente, añadiendo que me tenía edificado la piedad de mis feligreses. Al decir esto no pude contener las lágrimas. Bien claro se ve que al Príncipe le interesa mucho cuanto se refiere a la Religión. Hablele después de que entretenía mis ocios con la poesía latina, y notifiquele haber compuesto un poema en hexámetros, dedicado a él. Enterado de esto, dijo que bueno, en lo cual se demuestra palmariamente su desmedida afición a las letras humanas; y por fin, a los diez minutos de conferencia, me rogó afectuosamente que me retirara, porque tenía que despachar asuntos urgentísimos. Esto prueba que es hombre trabajador, y que las mejores horas del día las consagra puntualmente a la administración. Te aseguro que salí de allí conmovido.

—¿Y no vuelve usted?

—¡Pues no he de volver! Supliqué a S. A. que me fijara día para llevarle el poema latino, y mañana tendré el honor de poner de nuevo los pies en el palacio de mi ilustre paisano.

—Pues yo iré con usted, Sr. D. Celestino —dije con mucha determinación—. Iremos juntos, y usted le pedirá un destino para mí.

—¡Estás loco! —exclamó el sacerdote con asombro—. No me creo capaz de semejante irreverencia.