—Pues se lo pediré yo —dije, más resuelto cada vez a entrar en la administración.
—Modera esos arrebatos, joven sin experiencia. ¿Cómo quieres que te presente sin más ni más al Príncipe de la Paz? ¿Qué puedo decir de ti, cuáles son tus méritos? ¿Conoces acaso por el forro los versos latinos? ¿Has saludado siquiera el Divitias alius fulvo sibi congerat auro, el Passer delitiœ meœ puellœ, o el Cynthia prima suis me cepis ocellis? ¿Estás loco? ¿Piensas que los destinos están ahí para los mocosos a quienes se les antoja pedirlos?
—Usted le dice que soy un chico pariente suyo, y yo me encargo de lo demás.
—¿Pariente mío? Eso sería una mentira, y yo no miento.
Así disputamos un buen rato, y al fin, entre ruegos y razones, logré convencer al Padre Celestino para que me llevara a presencia del Serenísimo señor Godoy. Mi tenaz proyecto se explica por el estado de desesperación en que me puso la visita de los Requejos y su propósito de cargar con la pobre Inés. La viva antipatía que ambos hermanos me inspiraron desde que tuve la desdicha de poner los ojos sobre ellos, engendró en mi espíritu terribles presentimientos. Se me representaba la pobre huérfana en dolorosa esclavitud bajo aquel par de trasgos, condenada a perecer de tristeza si Dios no me deparaba medios para sacarla de allí. ¿Cómo podía yo conseguirlo, siendo, como era, más pobre que las ratas? Pensando en esto, vino a mi mente una idea salvadora, la que desde aquellos tiempos principiaba a ser norte de la mitad, de la gran mayoría de los españoles, es decir, de todos aquellos que no eran mayorazgos ni se sentían inclinados al claustro: la idea de adquirir una plaza en la administración. ¡Ay! aunque había entonces menos destinos, no eran escasos los pretendientes.
España había gastado en la guerra con Inglaterra la espantosa suma de siete mil millones de reales. Quien esto derrochó en una calaverada, ¿no podía darme a mí cinco mil para que me casara? Por supuesto, el pretender casarse entonces a los diez y siete años, era una calaverada peor que la de gastar siete mil millones en una guerra. Aquella idea echó raíces en mi cerebro con mucha presteza. A la media hora de mi conferencia con D. Celestino, ya se me figuraba estar desempeñando, ante la mesa forrada de bayeta verde, las funciones que el Estado tuviera a bien encomendarme para su prosperidad y salvación. Atrevido era el proyecto de pedir yo mismo al poderoso Ministro lo que me hacía falta; pero la gravedad de las circunstancias y el loco deseo de adquirir una posición que me permitiera disputar la posesión de Inés a la temerosa pareja de los Requejos, disminuía los obstáculos ante mis ojos, dándome aliento para las empresas más difíciles.
No disimuló la huérfana, al hablar conmigo, la repugnancia que le inspiraban sus tíos: tal vez hubiera yo logrado impedir el secuestro; pero D. Celestino repitió que era para él caso de conciencia, y con esto Inés no se atrevió a formular sus quejas: ¡tan grande era entonces la subordinación a la autoridad de los mayores! La escrupulosidad del buen sacerdote no impidió, sin embargo, que yo hablara mil pestes de los dos hermanos, criticando sus fachas y vestidos, y comentando a mi manera aquello de los siete pavos y capones, con la añadidura de las perdices por barba en la hora de la cena. También me reí con implacable saña de los tratamientos que se daban hermano y hermana, pues, según el lector observaría, se llamaban simplemente este y esta. D. Celestino me dijo que tratase con más miramientos a dos personas respetables que habían sabido labrar pingüe fortuna con su trabajo y honradez, y, entre tanto, Inés preparaba de muy mala gana su equipaje.
No tardó la casa del cura en verse honrada de nuevo con las personas de los Requejos, que llegaron a eso de las cuatro, haciendo mil ponderaciones de las tierras adquiridas cerca de Ontígola; y su contento al ver que Inés se disponía a seguirles, fue extraordinario.
—No te des prisa, pimpollita —decía Don Mauro—, que todavía hay tiempo de sobra.
—Su impaciencia por emprender el viaje —añadió Doña Restituta, plegando de un modo indefinible el forro cutáneo de su cara— es tan viva, que la pobrecilla quisiera tener alitas para salir más pronto de aquí.