—Eso no —dijo D. Celestino algo amoscado—, que su tío no le ha dado malos tratos para que así se impaciente por abandonarle.

Inés se arrojó llorando en brazos del cura, y ambos derramaron muchas lágrimas. Por mi parte, tenía interés en que los Requejos no conocieran que un antiguo y cordial amor me unía a Inés; así es que disimulé mi sofocación, y acechándola fuera, cuando salió en busca de un objeto olvidado, le dije:

—Prendita, no me digas una palabra, ni me mires, ni me saludes. Yo me quedo aquí; pero descuida, pronto nos hemos de ver allá.

Llegó por fin la hora de la partida; el coche se acercó a la puerta de la casa. Inés entró en él muy llorosa, y los Requejos tomaron asiento a un lado y otro, pues aun en aquella situación temían que se les escapara. Jamás he visto mujer ninguna que se asemejara a un cernícalo como en aquel momento Doña Restituta. El coche partió, y al poco rato nuestros ojos le vieron perderse entre la arboleda. D. Celestino, que hacía esfuerzos por aparentar serenidad, no pudo conservarla, y haciendo pucheros como un niño, sacó su largo pañuelo y se lo llevó a los ojos.

—¡Ay, Gabriel! ¡Se la llevaron!

Mi emoción también era intensísima, y no pude contestarle nada.

VI

Al día siguiente llevome D. Celestino al palacio del Príncipe de la Paz. Era el 15 de marzo, si no me falla la memoria.

Aunque no tenía ropa para mudarme en tan solemne ocasión, pues la que llevaba a Aranjuez era la mejorcita, con una camisa limpia que me prestó el cura, quedé en disposición, según él mismo me dijo, de presentarme aunque fuera a Napoleón Bonaparte. Por el camino, y mientras hacíamos tiempo hasta que llegara la hora de las audiencias, D. Celestino sacaba del bolsillo interior de su sotana el poema latino para leerlo en alta voz.

—Quizás el señor Príncipe —decía— me mande leer algún trozo, y conviene hacerlo con entonación clásica y ritmo seguro, mayormente si hay delante algún embajador o general extranjero.