Después, guardando el manuscrito, añadió con cierta zozobra:

—¿Sabes que el sacristán de la parroquia, ese condenado Santurrias... ya le conoces... me ha puesto esta mañana la cabeza como un farol? Dice que el señor Príncipe de la Paz no dura dos días más al frente de la Nación, y que le van a cortar la cabeza. Esto no merece más que desprecio, Gabrielillo; pero me da rabia de oír tratar así a persona tan respetable. Pues ¿qué crees tú? he descubierto que ese pícaro Santurrias es jacobino, y se junta mucho con los cocheros del Infante D. Antonio Pascual, los cuales son gente muy alborotada.

—¿Y qué dice ese reverendo sacristán?

—Mil necedades: figúrate tú. ¡Como si a personas de estudios y que tienen en la uña del dedo a todos los clásicos latinos, se les pudiera hacer tragar ciertas bolas! Dice que el señor Príncipe de la Paz, temiendo que Napoleón viene a destronar a nuestros queridos Reyes, tiene el propósito de que estos marchen a Andalucía para embarcarse y dar la vela a las Américas.

—Pues anoche —dije yo—, cuando fui al mesón a decir a los arrieros que no me aguardaran, oí decir lo mismito a unos que estaban allí, y por cierto que hablaban de su amigo y paisano de usted con más desprecio que si fuera un bodegonero del Rastro.

—No saben lo que se pescan, hijo —replicó el cura—. Pero o yo me engaño mucho, o los partidarios del Príncipe de Asturias andan metiendo cizaña por ahí. Ello es que en Aranjuez hay mucha gente extraña y... ¡quiera Dios!... Ya me notificó esta mañana Santurrias que su mayor gusto será tocar las campanas a vuelo si el pueblo se amotina para pedir alguna cosa; pero ya le he dicho —y al hablar así D. Celestino se paró, y con su dedo índice hacía demostraciones de la mayor energía—, ya le he dicho que si toca las campanas de la iglesia sin mi permiso, lo pondré en conocimiento del señor Patriarca para lo que este tenga a bien resolver.

Con esta conversación llegó la hora, y nosotros al palacio de S. A. Atravesamos por entre varios guardias que custodiaban la puerta, porque ha de saberse que el Generalísimo tenía su guardia de a pie y de a caballo, lo mismo que el Rey, y mejor equipada, según observaban los curiosos.

Nadie nos puso obstáculo en el portal ni en la escalera; pero al llegar a un gran vestíbulo, en cuyo pavimento taconeaban con estrépito las botas de otra porción de guardias, uno de estos nos detuvo, preguntando a D. Celestino con cierta impertinencia que a dónde íbamos.

—S. A. —balbució el clérigo muy turbado— tuvo el honor de señalarme... digo... yo tuve el honor de que él señalara el día de hoy y la presente hora para recibirme.

—S. A. está en palacio. Ignoramos cuándo vendrá —dijo el guardia dando media vuelta.