D. Celestino me consultó con sus ojos, y también iba a consultarme con sus autorizados labios, cuando se sintió ruido en el portal.

—¡Ahí está! S. A. ha llegado —dijeron los guardias, tomando apresuradamente sus armas y sombreros para hacer los honores.

Pero el Príncipe subió a sus habitaciones particulares por la escalera excusada que al efecto existía en su palacio.

—Quizá S. A. no reciba hoy —dijo a Don Celestino el guardia que poco antes nos había detenido—. Sin embargo, pueden ustedes esperar, si gustan, y él avisará si da audiencia o no.

Dicho esto, nos hizo pasar a una habitación contigua y muy grande, donde vimos a otras muchas personas que desde por la mañana habían acudido en solicitud del favor de una entrevista con S. A. Entre aquella gente había algunas damas muy distinguidas, militares, señores a la antigua, vestidos con históricas casacas y cubiertos con monumentales pelucas, y también algunas personas humildes.

Los pretendientes allí reunidos se miraban con recelo y mal humor, porque a todo el que hace antesala molesta mucho el verse acompañado, considerando sin duda que si el tiempo y la benevolencia del Ministro se reparten entre muchos, no puede tocarles gran cosa. Un ujier se acercó a nosotros y preguntó a D. Celestino quiénes éramos, a lo cual repuso el buen eclesiástico:

—Nosotros somos curas de la parroquia de... quiero decir, soy cura de la parroquia, y este joven... este joven gana noventa y tres reales en los meses de treinta y uno; y venimos a... pero yo no pienso pedirle nada al señor Príncipe, porque este picarón (señalando a mí) no se morderá la lengua para decirle lo que desea.

Cuando el ujier se alejó, dije a mi acompañante que tuviera cuidado de no equivocarse tan a menudo; que no anunciara anticipadamente nuestra comisión pedigüeña, y que no había necesidad de ir pregonando lo que yo ganaba; a lo que me respondió que él, como persona nueva en antesalas y palacios, se turbaba a la primera ocasión, diciendo mil desatinos. Uno de los señores que aguardaban se nos acercó, y reconociendo al cura, se saludaron ambos muy cortésmente, diciendo el desconocido:

—Sr. D. Celestino, ¿qué bueno por aquí?

—Vengo a visitar a S. A. Ya sabe usted que somos paisanos y amigos. Mi padre y su abuelo hicieron un viaje juntos desde Trujillo a la Vera de Placencia, y un tío de mi madre tenía en Miajadas una dehesa donde los Godoyes iban a cazar alguna vez. Somos amigos, y le estoy muy reconocido, porque a la munificencia de S. A. debo el beneficio que disfruto, el cual me fue concedido en cuanto S. A. tuvo conocimiento de mi necesidad; así es que desde mi primer memorial hasta el día en que tomé posesión, solo transcurrieron catorce años.