—Se conoce que el Príncipe quiso servirle a usted —afirmó nuestro interlocutor—. No a todos se les despacha tan pronto. Hace veintidós años que yo pretendí que se me repusiera en mi antigua plaza de la Colecturía, del Noveno y del Excusado, y esta es la hora, señor D. Celestino. A pesar de todo, yo no me desanimo, y tengo por seguro que la semana que viene...
—No todos son tan afortunados como yo —dijo el optimista D. Celestino—. Verdad es que, como paisano y amigo de S. A., estoy en situación muy favorable. De mi pueblo a Badajoz, cuna de D. Manuel Godoy, no hay más que trece leguas y media por buen camino, y estoy cansado de ver la casa en que nació este faro de las Españas. Así es que en cuanto supo mi necesidad...
—Pero diga usted —preguntó bajando la voz el señor de la semana que viene—, ¿tenemos viaje de los Reyes a Andalucía o no tenemos viaje?
—¿Pero usted cree tales paparruchas? —dijo D. Celestino—. Esa voz la ha corrido Santurrias, el sacristán de mi iglesia. Ya le he dicho que si tocaba las campanas sin mi permiso...
—Todo el mundo lo asegura. Ya sabe usted que ha venido mucha tropa de Madrid, y por las calles del pueblo se ve gente de malos modos.
—¿Pero qué objeto puede tener ese viaje?
—Amigo, ya Napoleón tiene en España la friolera de cien mil hombres. Ha nombrado general en jefe a Murat, el cual dicen que salió ya de Aranda para Somosierra. Y a todas estas, ¿hay alguien que sepa a qué viene esa gente? ¿Vienen a echar a toda la Familia Real? ¿Vienen simplemente de paso para Portugal?
—¿Quién se asusta de semejante cosa? —dijo D. Celestino—. Pongamos por caso que vengan con mala intención. ¿Qué son cien mil hombres? Con dos o tres regimientos de los nuestros se podrá dar buena cuenta de ellos, y ahí nos las den todas. Como S. A. se calce las espuelas... Eso del viaje es pura invención de los desocupados y de los enemigos de S. A., que le insultan porque no les ha dado destinos. Como si los destinos se pudieran dar a todo el que los pretende.
No siguió esta conversación, porque el ujier se acercó a nosotros, haciéndonos señas de que le siguiéramos. S. A. nos mandaba pasar. Cuando los demás pretendientes vieron que se daba la preferencia a los que habían llegado los últimos, un murmullo de descontento resonó en la sala. Nosotros la atravesamos muy orgullosos de aquella predilección, y mientras D. Celestino saludaba a un lado y otro con su bondad de costumbre, yo dirigí a los más cercanos una mirada de desprecio, que equivalía al convencimiento de mi próximo ingreso en la administración de ambos mundos.
Pasamos de aquella sala a otras, todas ricamente alhajadas. ¡Qué bellos tapices, qué lindos cuadros, qué hermosas estatuas de mármol y bronce, qué vasos tan elegantes, qué candelabros tan vistosos, qué muebles tan finos, qué cortinajes tan espléndidos, qué alfombras tan muelles! No pude detenerme en la contemplación de tan bonitos objetos, porque el ujier nos llevaba a toda prisa, y yo me sentía atacado de una cortedad tal, que se disipó mi anterior envalentonamiento, y empecé a comprender que me faltarían ideas y saliva para expresar ante el Príncipe mis anhelos. Por fin llegamos al despacho de Godoy, y al entrar vi a este en pie, inclinado junto a una mesa y revisando algunos papeles. Aguardamos un buen rato a que se dignase mirarnos, y al fin nos miró.