Godoy no era un hombre hermoso, como generalmente se cree; pero sí extremadamente simpático. Lo primero en que se fijaba el observador era en su nariz, la cual, un poco grande y respingada, le daba cierta expresión de franqueza y comunicatividad. Aparentaba tener sobre cuarenta años: su cabeza, rectamente conformada y airosa; sus ojos vivos, sus finos modales y la gallardía de su cuerpo, que más bien era pequeño que grande, le hacían agradable a la vista. Tenía sin duda la figura de un señor noble y generoso: tal vez su corazón se inclinaba también a lo grande; pero en su cabeza bullían el desvanecimiento, la torpeza, los extravíos y falsas ideas acerca de los hombres y las cosas de su tiempo.

Nos miró, como he dicho, y al punto Don Celestino, que temblaba como un chiquillo de diez años, hizo una profunda cortesía, a la cual siguió otra hecha por mi persona. A mi acompañante se le cayó el sombrero; recogiolo, dio algunos pasos, y con voz tartamuda habló así:

—Ya que V. A. tiene el honor de... no... digo... ya que yo tengo el honor de ser recibido por V. A. Serenísima... decía que me felicito de que la salud de V. A. sea buena, para que por mil años sigamos haciendo el bien de la nación...

El Príncipe parecía muy preocupado, y no contestó al saludo sino con una ligera inclinación de cabeza. Después pareció recordar, y dijo:

—¿Es usted el señor chantre de la catedral de Astorga, que viene a...?

—Permítame V. A. —interrumpió D. Celestino—, que ponga en su conocimiento cómo soy el cura de la parroquia castrense de Aranjuez.

—¡Ah! —exclamó el Príncipe—, ya recuerdo... el otro día... se le dio a usted el curato por recomendación de la señora Condesa de X, (Amaranta). ¿Es usted natural de Villanueva de la Serena?

—No, señor: soy de los Santos de Maimona. ¿No recuerda V. A. esa villa? En el camino de Fuente de Cantos. Allí se cogen unas sandías que pesan muchas arrobas, y también hay muchos melones... Pues, como decía a V. A., hoy venía con dos objetos: con el de tener el honor de presentarme a V. A. para que este chico lea un poema latino que ha compuesto... no, quiero decir...

D. Celestino se atragantó, mientras que el Príncipe, asombrado de mi precocidad en el estudio de los clásicos, me miraba con ojos benévolos.

—No —dijo el cura entrando de nuevo en posesión de su lengua—. El poema ha sido compuesto por mí, y, accediendo a los deseos de V. A., voy a comenzar su lectura.