D. Celestino iba a contestar, rectificando el error; pero su turbación se lo impidió. Antes que mi compañero pudiera decir una palabra, levanteme yo, y extendiendo mi nombre sobre un papel que en la mesa encontré, ofrecilo respetuosamente al Príncipe, que concluyó así:
—Ruego a ustedes que tengan la bondad de retirarse, pues mis ocupaciones no me permiten prolongar esta audiencia.
Hicimos nuevas cortesías; D. Celestino balbuceó las fórmulas pomposas propias del caso, y salimos del despacho del Príncipe. Al pasar por la sala donde esperaban con impaciencia los demás pretendientes, el ujier lanzó esta terrorífica exclamación: «¡No hay audiencia!»
Al encontrarse en la calle, el buen cura, recobrando la serenidad de su espíritu y la soltura de su lengua, me dijo con cierto enojo:
—¿Por qué no le dijiste tú que el poema no era tuyo, sino mío?
No pude menos de soltar la risa viéndole picado en su amor propio, y considerando el extraño resultado de nuestra visita al Príncipe de la Paz.
VII
—Pues, Gabrielillo —me dijo D. Celestino cuando entrábamos en la casa—, cierto es que hay demasiada gente en el pueblo. Se ven por ahí muchas caras extrañas, y también parece que es mayor el número de soldados. ¿Ves aquel grupo que hay junto a la esquina? Parecen trajineros de la Mancha... y entre ellos se ven algunos uniformes de caballería. Por este lado vienen otros que parecen estar bebidos... ¿oyes los gritos? Entrémonos, hijo mío, no nos digan alguna palabrota. Aborrezco al vulgo.
En efecto: por las calles del Real Sitio y por la plaza de San Antonio discurrían más o menos tumultuosamente varios grupos, cuyo aspecto no tenía nada de tranquilizador. Asomábase a las ventanas el vecindario todo para observar a los transeúntes, y era opinión general que nunca se había visto en Aranjuez tanta gente. Entramos en la casa, subimos al cuarto de D. Celestino, y cuando este sacudía el polvo de su manteo y alisaba con la manga las rebeldes felpas del sombrero de teja, la puerta se entreabrió, y una cara enjuta, arrugada y morena, con ojos vivarachos y tunantes; una cara de esas que son viejas y parecen jóvenes, o al contrario, a la cual daba peculiar carácter toda la boca necesaria para contener dos filas de descomunales dientes, apareció en el hueco. Era Gorito Santurrias, sacristán de la parroquia.
—¿Se puede entrar, señor cura? —preguntó sonriendo con aquella jovialidad mixta de bufón y demonio que era su rasgo sobresaliente.