si está más limpio,
para echar los tostones
que me has pedido.
Asperges me, Domine, hissopo, et mundabor.
—Mi dignidad —repuso el clérigo, cada vez más amostazado— no me permite rebajarme hasta disputar con el Sr. de Santurrias. Si yo no le tratara de igual, como acostumbro, no se habría relajado la disciplina eclesiástica; pero en lo sucesivo he de ser enérgico, sí, señor, enérgico, y si Santurrias se alegra de que esa plebe indigna vocifere contra el Príncipe de la Paz, sepa que yo mando en mi iglesia, y... no digo más. Parece que soy blando de genio; pero Celestino Santos del Malvar sabe enfadarse, y cuando se enfada...
—Cuando llegue la hora del jaleo, señor cura, su paternidad nos sacará aquellas botellitas que tiene guardadas en el armario, para que nos refresquemos —dijo Santurrias, descosiéndose de risa otra vez.
—¡Borracho! así está la santa Iglesia en tus pícaras manos —replicó el clérigo—. Gabriel, ¿querrás creer que hace dos días tuve que coger la escoba y ponerme a barrer la capilla del Santo Sagrario, que estaba con media vara de basura? Desde que llegué aquí, me dijeron que este hombre acostumbraba visitar la taberna del tío Malayerba: yo me propuse corregirle con piadosas exhortaciones; pero ¡el Diablo le lleve! hay días, chiquillo, que hasta el vino del Santo Sacrificio desaparece de las vinajeras. ¡Y esto se permite tener opinión, y disputar conmigo, asegurando que si cae o no cae el dignísimo, el eminentísimo, ¡óigalo usted bien! el incomparabilísimo Príncipe de la Paz!
—Pues y nada más. ¡Como que no le van a arrastrar por las calles de Aranjuez, como al gigantón de Pascua florida!...
—¡Qué abominaciones salen por esa boca, Dios de Israel!
Tan pronto ahuecaba Santurrias la voz para cantar gravemente un trozo de la misa o del oficio de difuntos, como la atiplaba entonando con grotescos gestos una seguidilla. Luego imitaba el son de las campanas, y hasta llegó en su irrespetuoso desparpajo a remedar la voz gangosa de mi amigo, el cual, todo turbado, variaba de color a cada instante, sin poder sobreponerse a las zumbas de su miserable subalterno.