—Pero, en resumen —dijo al fin—, ¿qué es lo que mi señor sacristán espera? ¿Cuenta, sin duda, con ordenarse de menores para que le hagan cardenal subdiácono?
—Allá veremos, Sr. D. Celestino —contestó el bufón—. Esta noche o mañana veremos lo que hace Santurrias. No tema nada mi curita, que ya le pondremos en salvo.
Tuba mirum spargens sonum
per sepulchra regionum
coget omnes ante thronum.
Esta si que es tira, tirana:
ojo alerta, cuidado, señores,
que aunque tengan las caras de plata
muchas tienen las manos de cobre.
—Eso es, mezcle usted los cantos divinos con los mundanos. ¡Me gusta! Pero se me acaba la paciencia, señor rapa-velas. ¡Oh, Gabriel! estoy sofocadísimo. Yo bien sé que no hay nada, que no ocurre nada; bien sé que de ese monigote no hay que hacer caso. Sabe Dios cuántos cuartillos de lo de Yepes tendrá en el bendito estómago; pero conviene averiguar... Mira, hijito: sal tú por ahí, entérate bien, y tráeme noticias de lo que se dice en el pueblo. Puede que esos tunantes tengan el propósito aleve... Si así fuese, haz lo que te digo; que aquí quedo yo esperándote, y en cuanto descabece un sueñecito, iré a prevenir al Príncipe para que se ande con cuidado... ¡Pues no me lo agradecerá poco el buen señor!