No solo por obedecerle, sino también por satisfacer mi curiosidad, salí de la casa y recorrí las calles del pueblo. El gentío aumentaba en todas partes, y especialmente en la plaza de San Antonio. No era preciso molestar a nadie con preguntas para saber que el generoso pueblo, enojado con la noticia verdadera o falsa de que los Reyes iban a partir para Andalucía, parecía dispuesto a impedir el viaje, que se consideraba como una combinación infernal fraguada por Godoy, de acuerdo con Bonaparte.
En todos los grupos se hablaba del Generalísimo, como es de suponer, y en verdad digo que no hubiera querido encontrarme en el pellejo de aquel señor, a quien poco antes había visto tan fastuoso y espléndido; pero sabido es que la Fortuna suele ser la más traidora de las diosas con aquellos mismos que favoreció demasiado, y no hay que fiarse mucho de esta ruin cortesana. Decía, pues, que a los vasallos del buen Carlos no les parecía muy bien el viaje, y aunque hasta entonces no se les había hablado del derecho a influir en los destinos de esta nuestra bondadosa madre España, ello es que, guiados sin duda por su instinto y buen ingenio, aquellos benditos se disponían a probar que para algo respiraban doce millones de seres humanos el aire de la Península.
Más de dos horas estuve paseándome por las calles. Como a cada instante llegaba gente de la Corte, traté de encontrar alguna persona conocida; pero no hallé ningún amigo. Ya me retiraba a la casa del cura, cercana la noche, cuando de un grupo se apartó un joven de más edad que yo, y llegándose a mí con aparatosa oficiosidad, me saludó llamándome por mi nombre y pidiéndome informes acerca de mi importantísima salud. Al pronto no le conocí; mas cuando cambiamos algunas palabras, caí en la cuenta de que era un señor pinche de las reales cocinas, con quien yo había trabado conocimiento cinco meses antes en el Palacio del Escorial.
—¿No te acuerdas de quien te daba de cenar todas las noches? —me dijo—. ¿No te acuerdas del que te contestaba a tus mil preguntas?
—¡Ah! sí —repuse—: ya reconozco al señor Lopito. Has engordado, sin duda.
—La buena vida, amigo —dijo con petulancia, terciando airosamente la capa en que se envolvía—. Ya no estoy en las cocinas: he pasado a la montería del señor Infante D. Antonio Pascual, donde no hay mucho que hacer y se divierte uno. Velay: ahora nos han mandado que nos quitemos las libreas y paseemos por el pueblo... en fin, esto no se puede decir.
—Pues yo por nada serviría en Palacio. Tres días fui paje de la señora Condesa Amaranta, y quedé harto.
—Quita allá: en ninguna parte se vive como en Palacio, porque después que le dan a uno buena cama, buen plato y buena ropa, cuando llega una ocasión como esta no falta un dobloncito en el bolsillo... Pero esto no es para dicho aquí entre tanta gente, y allí está la taberna del tío Malayerba, que parece llamarnos, para que, refrescando en ella, nos contemos nuestras vidas.
Lopito era un chicuelo de esos que prematuramente se quieren hacer pasar por hombres, pues también entonces existía esta casta, no conociendo para tal objeto otros medios que beber a porrillo y dar de puñetazos en las mesas, desvergonzarse con todo el mundo, mirar con aire matachín, y contar de sí propios inverosímiles aventuras. Pero con estas cualidades y otras muchas, el expinche no dejaba de ser simpático, sin duda porque unía a su vanidosa desenvoltura la generosidad y el rumbo, que acompañan por lo regular a los pocos años. Convidome a cenar en la taberna, charlamos luego hasta las nueve, y nos separamos tan amigotes, cual si hubiéramos aprendido a leer en la misma cartilla.
Al día siguiente, como no era posible volverme a Madrid, a causa de que los trajineros pedían fabulosos precios por el viaje, nos reunimos otra vez. Lopito estaba tan desocupado como yo, y entre la taberna del tío Malayerba y los jardines del Príncipe nos pasamos la mayor parte del día, conferenciando sobre cuanto nos ocurría, y especialmente acerca de acontecimientos públicos, asunto en que él se daba extraordinaria importancia. Al principio se mostraba algo reservado en esta cuestión; pero, por último, no pudiendo resistir dentro de su alma el sofocante peso de un secreto, se franqueó conmigo gallardamente.